Palabras a los intelectuales: el abrazo a los mejores sueños de creación

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Siempre he creído que la declaración del carácter socialista de la Revolución en abril de 1961, fue uno de los actos más audaces de Fidel. Y no solamente por el casi temerario gesto de enfrentar al imperio más poderoso y agresivo de la historia, sino por hacerlo a solamente cinco años de la condena al culto a Stalin.

Para la gesta inacabable de los cubanos, la idea de Martí de ganar a pensamiento la guerra mayor que se nos hace, constituye un reclamo inapagado. El propio Comandante en Jefe aseguró que reunirse con la vanguardia artística y literaria del país, era una prioridad en su agenda. Pero sobrevino entonces el detonante que aceleró la necesidad del encuentro.

Fue el caso del documental PM, del cineasta Alberto (Sabá) Cabrera Infante. Como bien precisa su título, refería un costado de la vida nocturna de La Habana, que en el orden explícito no mostraba la épica del momento.

Y digo eso, porque nadie podría asegurar que aquellos seres que se emborrachan y bailan, calificados de marginales por declarados defensores del documental (sin un criterio claro y menos aún convincente de cuáles son los márgenes de la naturaleza humana), no estén dispuestos a empuñar el fusil en caso de una invasión contra su patria.

En pocas palabras: el trabajo audiovisual de marras no fue (ni llegó a ser) nada del otro mundo. La relevancia de PM radica en que las autoridades del ICAIC casi lo satanizaron, por no circunscribirse literalmente en la gloriosa página de resistencia de ese momento. El enemigo aún insiste en que ahí estaba la mano de la dirección revolucionaria. Por el contrario, Fidel aseguró entonces que no había tenido la oportunidad de verlo.

El incidente, como es lógico, encendió las alarmas. Es de imaginar las suspicacias a raíz de la prohibición de la película, cuando era tan reciente el reconocimiento de la ideología marxista-leninista como pauta ulterior de la Revolución.

Tras el incidente, palabras inolvidables 

No fueron pocos los que vieron en eso un remake de las redadas en el viejo barrio moscovita de Arbat, de las purgas soviéticas, de un archipiélago gulag. Fidel llegó a bromear sobre presuntos eventos de una revolución staliniana.

Y concurrió al debate con la humidad de siempre, a pesar de su consabida autoridad. Admitió no saber mucho de aquel universo de la creación: había ido a aprender, y no para sentar cátedra alguna. Pero algo sí dejó bien claro: no se hizo una revolución para coartar libertades, sino más bien para cultivarlas. Y la tarea primerísima era defender esa obra gigantesca.

En Palabras a los Intelectuales aparece el principio de la inclusión. Como ocurre con Mozart, es tan sencillo y transparente que se hace muy difícil. En esa suerte, se integra sin ninguna angustia hasta a zonas no tan entusiastas con la Revolución, siempre y cuando no hagan armas contra ella.

Pero, como dijo entonces el propio Fidel, la Revolución no estaba exenta de errores. Esa inclusión suponía límites nada fáciles, tantas veces brumosos, que exigían por momentos milagros de sentido común. Más de una vez esa perspectiva falló, con un consiguiente costo, doloroso y terrible, para la credibilidad de la plataforma cultural del país.

Aquellos encuentros de junio de 1961 en el teatro de la Biblioteca Nacional de Cuba “José Martí”, fueron realmente el comienzo de una práctica de Fidel de reunirse con escritores y artistas. En algún momento expresó que la revolución solo puede ser hija de la cultura y de las ideas. Concibió desde entonces la costumbre de volver una y otra vez a ese espacio de luz donde moran las más hermosas razones humanas y la propuesta fundadora de Félix Varela de pensar primero.

Palabras a los Intelectuales devino el abrazo donde se integraron los mejores sueños de creación de una patria grande. Desde un recuento justo y sin prejuicios, me atrevería a asegurar que ni siquiera el tan traído documental PM se excluiría de ese saludo emocionado, muy al margen de su factura estética y de la actitud posterior de su realizador.

Cada relectura del histórico discurso de Fidel el 30 de junio de 1861, apeló al debate como necesidad histórica, salvó la esperanza, y evitó que el optimismo naufragara. La palabra sincera restauró más de un estado de espíritu, y hasta curó muchas heridas del denominado Quinquenio Gris.

Martí confiaba en las trincheras de ideas. Un gran martiano, el siempre presente Cintio Vitier, proponía lograr un parlamento en ellas. Aún andamos, discutiendo, soñando, en el mismo proyecto inacabable de Fidel, siempre joven y renovado, donde las generaciones futuras serán, al fin y al cabo, las encargadas de decir la última palabra.

 

 

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