Confesiones en tiempos de Covid-19

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Por: Guillermo Acosta

Hace poco resulte positivo a la Covid-19 y fue una experiencia bastante dura para mí y para mi familia. Como joven osado, confieso que verdaderamente nunca temí por mi vida, pero sí me preocupaba mi familia que también estaba afectada. Gracias a nuestro buen sistema de salud,  la experiencia resultó ser no más que un susto y hoy  ya mi familia está fuera de peligro.

Muchas son las experiencias y anécdotas vividas en el Centro de Aislamiento (áreas de la Universidad Agraria de La Habana), pero quiero llevar  toda la atención a los jóvenes que laboran como voluntarios allí, los cuales causaron una gran impresión en mí. El valor, la dedicación, la paciencia y la tranquilidad que inspiraban nos hacían pensar que  todo iba a estar bien y esa actitud nos ayudaba a levantarnos cada día con una sonrisa, a pesar de lo que estábamos viviendo.

Desde mi posición de aislado nunca pude interactuar con ellos por eso ahora en forma de agradecimiento por su labor entrevisté a algunos para hacer públicas sus experiencias y  de esta forma se conozca la valentía de estos grandes jóvenes.

Lucía Palenzuela Sanabria: tuve miedo pero asumí la tarea…valió la pena

Fui citada por la FEU de la Universidad y como el año anterior no había podido participar por problemas personales, este año di el paso al frente en el primer grupo. Cuando supe que estaría con los positivos tuve miedo, pero asumí la tarea junto a mis compañeros de igual forma para ayudar a que las personas se sintieran lo más cómodas posible a pesar de no estar en sus casas.

Al llegar al centro de aislamiento no me sentí tan impresionada porque era en mi propia Universidad, solo me dio un poco de añoranza al ver vacíos  los pasillos que siempre estaban llenos de estudiantes. La relación con los aislados fue muy buena, les transmitimos buenas vibras para que a pesar de la situación se sintieran lo mejor posible.

Con mi equipo de trabajo mantenía una estrecha relación de amistad ya que nos conocíamos de antes, lo cual ayudó mucho a que el trabajo fuese fluido y bien distribuido. El trabajo era fuerte, de hecho, debido a eso me enfermé de los riñones y tuve fiebre de 39 todo el día antes de irnos, pero estoy convencida de que valió la pena el esfuerzo. Si nuevamente se necesitara de mis servicios daría sin titubear el paso al frente.

Patricia María Yero Hernández: una linda y humana tarea

Se solicitó ayuda de los estudiantes de la Facultad de Ciencias Médicas de Mayabeque a la que pertenezco y me pareció una linda y humana tarea, así que me sumé y entre en la UNAH junto a mi mamá, yo como voluntaria y mi mamá como enfermera. Me sentí contenta pero a la vez con miedo porque tenía conocimiento acerca de la enfermedad y sabía los riesgos que tendría que pasar pero igualmente di el paso al frente.

El primer día que llegamos fue un poco desorganizado la verdad, tuvimos que descansar en otro cuarto que no era donde nos habían dicho, por problemas organizativos dormimos en otra residencia, entonces me sentía un poco incómoda pero ya después todo se arregló, nos proporcionaron un lugar acogedor para descansar luego de tanto trabajo.

La relación con los aislados fue súper, si ellos tenían un problema no los hacían llegar y hasta hicimos amistades, además de que habían ingresados personas positivas que ya conocía y siempre preguntaba cómo se sentían y que les hacía falta.

Esta hermosa experiencia me hizo entender que la vida es una sola y hay que cuidarse y cuidar a los demás familiares, puesto que había niños pequeños contagiados con esta terrible enfermedad que la adquirieron por medio de sus padres o abuelos. Esto me hizo formarme mejor como una futura profesional de la salud y ser humano porque me encantó ayudar a esas personas,  y soy de la opinión de que mi carrera es de sacrificio y de logro y que si uno no quiere y no ayuda a los demás no se quiere uno mismo.

Mi relación con mis demás compañeros fue excelente pues establecimos muchos lazos afectivos, nos ayudábamos entre sí y nos repartíamos las tareas en el trabajo para que nadie se sintiera sobrecargado. Si se necesitara de mis servicios nuevamente sin lugar a dudas lo haría de nuevo porque me encantó estar allá, pero tristemente no puedo porque me contagié con la Covid -19 durante esta labor y entonces estaría muy expuesta, pero valió la pena.

Emily Ochoa Gutiérrez: Tengo que ir allí y vivir esa experiencia por mí misma.

Soy estudiante de medicina de primer año, la carrera que estoy estudiando requiere mucha pasión y entrega y cuando mi mejor amiga me comentó lo del centro de aislamiento me gustó la idea y en la escuela algunos estudiantes que ya habían participado contaron sus anécdotas me emocioné y me dije por dentro tengo que ir allí y vivir esa experiencia por mí misma.

 Cuando me confirmaron que me aceptaban creo que volví locos a todos en la casa de la felicidad que tenía y preparé la maleta desde una semana antes. Cuando llegué al centro de aislamiento tengo que confesar que lo primero que sentí fue miedo, de lejos pude ver a otras personas con trajes y haciendo varias labores, luego nos explicaron cuál era nuestra labor y como poder hacerlo mejor.

Empezamos a trabajar al día siguiente, el día anterior estaba demasiado ansiosa pero me relajé y el miedo fue sustituido por la emoción nuevamente sabiendo que con los trajes, las medidas y la protección que te brinda el centro vas a estar protegido. Finalmente llegó el momento de ponerse los trajes y empezar.

Esa experiencia me hizo sentir realizada y amar más mi profesión además de que eso es un bien que uno hace y yo lo hice de corazón porque me nació y porque lo sentí, no hay nada más gratificante que sentirse bien con uno mismo y ver que esas personas te recuerdan y te hacen sentir como si fueras parte de su familia;  por lo menos para mí fue una de las mejores experiencias de mi vida.

Éramos un grupo de ocho personas que más que compañeros nos volvimos amigos. Hoy en día seguimos comunicándonos y preocupándonos el uno por el otro como lo hicimos allá, eso es una de las mejores cosas que me dio el centro de aislamiento. En una ocasión uno de los pacientes cumplía años y no pudimos hacer mucho pero le cantamos Felicidades y entre todos le hicimos un pequeño detalle para que se sintiera especial; y recibimos una de las mejores cosas, una hermosa sonrisa cargada de felicidad pura.

No dudaría ni un segundo en volver a ir de nuevo, de hecho, me gustaría ir antes que se acabará el año fue una experiencia muy bonita y de mucha ayuda para el país. Un gusto haber dado esta pequeña entrevista y espero que así muchos jóvenes puedan incorporarse a esta bella labor.

Mario Hernández Alfonso: emociones que no se olvidan

Al comenzar la UNAH como hospital de campaña rápidamente hice contacto con la FEU y les hice saber que yo estaba dispuesto a colaborar. El impacto al llegar al centro no fue tan grande ya que había escuchado sobre las experiencias de otros que ya habían realizado la labor y tenía una pequeña noción de cómo era todo.

La relación con los aislados era buena generalmente, hay que entender que esas personas están pasando por un muy mal momento y nuestra labor era hacerles la vida mejor, pero a veces teníamos que llamarles la atención porque estaban incumpliendo alguna regla de seguridad y esta acción a veces causaba que se molestaran; pero uno tenía que sobreponerse y cumplir con la labor.

La relación con mis compañeros fue excelente, yo era el que estaba al frente del grupo y la clave siempre fue repartir las labores de forma igualitaria para que así el trabajo fluyera mejor y más rápido.

Hubo dos momentos que fueron de verdad los que hicieron que valiera la pena el esfuerzo, el sacrificio y el riesgo vivido; el primero fue una tarde cuando se le estaba dando de alta a un grupo de personas, una señora salió llorando dando su agradecimiento a todo el personal, era muy emocionante ver como a esa mujer se le salían las lágrimas expresando su agradecimiento hacia nosotros.

La segunda ocasión fue con otra señora que se encontraba en el centro con un niño pequeño que padecía de algunas limitaciones a la hora de alimentarse y había que darle un trato diferenciado y por esa razón siempre estábamos al tanto y preocupándonos constantemente.  Una tarde la señora se me acercó y me dijo que yo era un ángel por el trato y la atención que había recibido de mi parte. Estas dos acciones me impactaron y me llenaron de satisfacción al mismo tiempo. Fue una gran experiencia y la repetiría nuevamente.

A ellos, los jóvenes que voluntariamente trabajaron y a los que trabajan en los centros de aislamiento, gratitud eterna.

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