Amadeo Roldán: la juventud invencible de la música

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Amadeo Roldán, foto tomada de Granma

La existencia de Amadeo Roldán guarda muchísimos signos de su patria. Quizá por eso su obra, tan conectada con las vanguardias del mundo, sea irremediablemente cubana.

Era hijo de español y mulata cubana, nacido en el París de 1900, adonde sus padres fueron a ver la famosa exposición de advenimiento de un nuevo siglo.

Desde la nacencia estarían sin falta algunos componentes esenciales del ajiaco, con los cuales don Fernando Ortiz definiría después al suceso inconmensurable de la cubanidad.

Después sería el barco en viaje a la tierra real y maravillosa, en esa alusión simbólica que desde el principio y hasta hoy denota al Caribe.

Vivió deprisa Amadeo Roldán, como si intuyera que le restaba poco tiempo. Entre una pieza y otra en funciones nocturnas, no dejaba de componer en una febril actividad como si la vida fuera un acto contra reloj.

El genio trataba de sacar lo antes posible toda la música de su alma, antes de que el mal se apoderara definitivamente de aquel cuerpo.

Es casi seguro que Amadeo Roldán padeciera entonces, eso que la postmodernidad denomina estado de ansiedad. ¿Algún síntoma conocido? Sí, su compañera de vida denotaba aquella costumbre de morderse el carrillo, de levantarse la epidermis de la boca con los dientes. Y durante algún tiempo fumó tabaco.

Esa combinación –se especula—pudo haberle generado el terrible cáncer que le destruyó el lado derecho del rostro y que se lo llevó a la tumba hace exactamente 82 años.

Recuerdo la fotografía de sus días postreros allá por Palma Soriano, en el Oriente del país, donde buscaba descanso o alguna cura milagrosa.

La instantánea fue tomada deliberadamente por el costado izquierdo, para ocultar la herida sin nombre que le arrebataría a Cuba una de las más grandes figuras de la música de todos los tiempos.

Brilló Amadeo Roldán en el universo filarmónico, donde cada puesto se gana por oposición en una dinámica tensa y competitiva.

Aún sorprende que de aquel mester apurado, casi rehén del stress, se concibiera un repertorio altamente complicado de música contemporánea, al que el tiempo transcurrido no puede despojarle de su condición de avanzada.

Fueron muchísimas obras, aunque la referencia siempre elíptica solo menciona a Tres pequeños poemas, La Rebambaramba, El Milagro de Anaquillé, y Rítmicas.

Sus coetáneos afirman que eludía hablar de política, aunque en su catálogo aparece un himno dedicado al ABC, un entramado de derechas que activaba bombas a diestro y siniestro.

Casi ningún musicólogo ha podido desentenderse de su legado, en una larga lista donde aparecen José Ardévol, Alex Fleites, Argeliers León, Alejo Carpentier, María Antonieta Henríquez, grandes de la composición como Edgardo Martín y Harold Gramatges.

A la edad de 38 años, falleció víctima de cáncer Amadeo Roldán, cuyo legado parece tocado por una juventud invencible, inquieta, incluso impaciente, como transcurrieron sus días.

 

 

Amadeo Roldán, foto tomada de Granma

 

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