No resulta una simplificación subrayar los gallos en la obra de Mariano Rodríguez Álvarez. Constituyen un concepto: ruta, energía, ejercicio, razón y pretexto al mismo tiempo. Él mismo decía que no les pintaba las plumas. Ni falta que hacía. Se trataba de puntos de partida para caminos distintos, que nos llevan a muchas partes a la vez.
A menudo se le califica como un creador de la segunda generación de la vanguardia histórica cubana. Es posible que en eso determine su itinerario existencial en la historia republicana de su tierra. Existe un fundamento bastante grande: es el autor de un corpus plástico que jamás retrocede, útil, apto, de alto valor docente, de inequívoca jerarquía, que se niega a ir a retaguardia.
Era el quinto hijo de una prole de ocho. Y el primer varón de la lista. A lo mejor, ya la narrativa psicológica tradicional le predispuso desde el principio una relación especial con la madre, la Triple A de su corazón: Alejandrina Álvarez Álvarez, discípula de Romañach y de Menocal.
En el orden político, Mariano se inscribió en las izquierdas. Hombre de Partido, es perfectamente entendible su admiración al muralismo de Rivera y de Xiqueiros a su paso por el hermano México. Su universo pertenece a la intervinculación de la que hablaba el profesor José Orlando Suárez Tajonera, o a la transposición que remarca en sus ensayos la poeta, crítica, editora, pedagoga Aida Bahr.
En su casa, las hermanas eran intérpretes del piano. Allí también acontecieron sucesos literarios, del entramado escénico, del indispensable pensar a contracorriente. Eso condicionó proyectos con mucha gente: con Guillén y con Marinello, de su misma filiación ideológica, y con origenistas, amigos también, como Lezama, Rodríguez Feo y el padre Ángel Gaztelu.
Cintio Vitier siempre admitió su sorpresa por aquella percepción de Marinello (igualmente hombre de Partido, de probado pensamiento materialista dialéctico), sobre las conexiones del Apóstol José Martí con el ideario y el estilo literario de Santa Teresa de Jesús. El presunto ateo Mariano, tendría en su catálogo personal figuraciones religiosas, que le harían completa y holística la gama.
Pero siempre habría que regresar al pintor de los gallos. ¿Cuál sería el misterio de ese signo, vigía eterno del alba, pura luz, nota melancólica a la hora de las sombras? Lumbre y canto, como su obra misma, suponen conjunción en Demajagua, en el minuto heroico de arribar al concierto de los libres.
En el punto cubano, patrimonio inmaterial de la nación, se encuentra pergeñado el amanecer, el dulce canto de los gallos y el guajiro que se apresta a emprender otra jornada de trabajo. Mariano jamás se desentendió de la noble y rebelde figura del campesino. Y es que, como quien pulsa la lira en otro poema épico, el fundador de la Revolución Cubana recuerda en el Juicio del Moncada que en Oriente los gallos cantan como clarines que tocan diana para volver al combate.
Su paso por la Casa de las Américas, constituye un suceso inolvidable. Allí radicó su responsabilidad de alumbrar deberes y de salvaguardar legados, una tarea que no concluyó aquel sábado triste y laborioso de mayo de 1990. Mariano irrumpe como los volcanes. Y vive en la tonada del monarca-cantor de cada mañana.













