Los poetas hablan del estado de alma. Céspedes llevaba bien guardada la lira piel adentro. En el justo centro de la emoción se desgranaban versos y canciones, gravitaba el amor a Cuba y la causa por la emancipación humana. Y seguramente la desgarradura más dolorosa, la que jamás cierra: sangre en fuga invisible, cuando se muere despacio como el día.
Era fines de mayo de 1870. En un asalto al campamento de La Caridad, cerca de Guáimaro, su hijo Amado Oscar ha caído en manos del enemigo. El Capitán General Antonio Caballero y Fernández de Rodas, le propone un canje indigno y alevoso: respetarle la vida al prisionero si él depone las armas y su actitud.
La carta del jefe hispano está fechada el primero de junio. Existen evidencias de que el muchacho ya había sido fusilado el 29 de mayo allí mismo, en la jurisdicción principeña. A la ignominia habría que sumarle el cinismo, la perfidia y la crueldad del régimen colonial.
¿Cómo entender la pena de ese hombre? No hay nada más contranatural que la muerte de un hijo. En todas las lenguas, existen palabras para significar la angustia de perder seres queridos. La viudez y la orfandad, por ejemplo. Pero ninguna define a quien sufre semejante herida en la tierna raíz de la familia. Ese dolor no tiene nombre.
Ya era grande la carga para ese hombre. ¿Y su responsabilidad? Él fue el autor del estallido portentoso. Necesario y purificador, pero fuego al fin. El Diario Perdido reúne trazas de ese soliloquio, tras la otra dura prueba de la deposición de su alta investidura: “Pero mi corazón está tan rebosado de sentimientos que se desbordaría como un torrente, si le suspendiese un poco el dique”.
Él sabe que el muchacho morirá por la causa que él mismo inició. ¡El ímpetu de Céspedes! El Apóstol de la independencia no se desentenderá del rapto. Pero en ese aparte consigo mismo, el Hombre del Grito del 10 de Octubre de 1868 confiesa un raudal de lágrimas en el interior de su pecho. Cuando más tarde le llega la noticia del fusilamiento de su hermano Pedro, consignó: “En fin, sea por Cuba! Nadie tiene más derecho a padecer por ella que mi familia”.
El profundo calado patriótico y la elevada estatura moral de Céspedes, no se corresponden con la transacción de venganza que el alto mando enemigo le extiende como un trueque de contrabando. Ese ser humano inmenso, que se pregunta a sí mismo por qué no encuentra reposo muriendo por su patria, le responderá entero y digno al adversario miserable.
Resulta conmovedora esa frase de resonancia inapagada: “Oscar no es mi único hijo, lo son todos los que mueren por nuestras libertades patrias”. No excluyó a nadie. Ni siquiera a quienes no lo querían. Era el minuto de dejar a un lado componendas y suspicacias. Faltó entonces la peregrinación hasta aquel mártir que la maldad le crucificaba las entrañas. Con un abrazo, la historia de Cuba habría sido otra. Pero estamos aún a tiempo. Somos una familia que se bate por su destino. Y Céspedes sigue siendo el Padre.













