Loynaz del Castillo: combatir, crear, fundar

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Entre la Loma Isabel de Torres y el océano Atlántico, en el extremo norte dominicano, se levanta la ciudad que vio nacer al prócer Enrique Loynaz del Castillo. Sus padres radicaban en la casa destinada a la delegación revolucionaria de Puerto Plata. Otra vez el mar como corolario del destino de una familia de patriotas: la expedición que interconecta, que lucha, que funda.

Llevaba en sangre la vocación mambisa: la madre, Juana del Castillo Betancourt, subrayaba en los recuerdos la alcurnia rebelde de los suyos; el padre, Enrique Loynaz Arteaga, alcanzó el grado de comandante en el bregar de la Guerra Grande. El hogar, la cátedra primera del heroísmo, instruyó y sensibilizó para la hora del regreso: la independencia como sueño; el combate como tarea; Cuba, al fin, en el concierto de los libres.

Fue Enrique un joven de ímpetus, con raptos de aventura. Tras el fin de aquellos primeros 10 años de contienda, reaparece la familia en Santa María del Puerto del Príncipe. Habría un sitio en la empresa de tranvías. Con la leyenda de la eventual compra de coches en Estados Unidos, trae en ellos un alijo de armas por el puerto de Nuevitas. Casi lo atrapan. Siempre alerta, con su sexto sentido tal vez, logró neutralizar la delación.

Ese mismo ardor habitaría en sus textos. En San José de Costa Rica, sus artículos en el periódico Prensa Libre, exasperaron a la colonia española. Sería ese el pretexto para asesinar al Mayor General Antonio Maceo Grajales. El historiador cubano, coronel de la reserva del MININT, Hugo Crombet Bravo, nieto del General Flor, tiene la investigación más completa y exacta de aquella noche lluviosa del 10 de noviembre de 1894 en la capital tica.

El Titán resultó herido por la espalda. Alguna versión apunta que fue en el momento en que se inclinó para levantar a una dama. El dato no parece cierto. Al parecer, un disparo le impactó el paraguas y se lo arrancó de las manos. Y recibió un balazo en el instante de recogerlo. Eso explicaría la trayectoria del proyectil en su cuerpo. Un atacante se dispuso a rematar a Maceo. Loynaz del Castillo lo pone fuera de combate con un solo tiro.

Debió salir inmediatamente de Costa Rica. Desde antes ya se sabía cautivo de la prédica de Martí. Allá, en Nueva York, aconteció el reencuentro con el Apóstol. Cada pasaje escrito se corresponde con la cálida voz que ya avanzado el siglo XX quedó para todos los tiempos como testimonio sonoro de la gesta decimonónica.

Se calculan en más de 60 sus acciones combativas en aquella Guerra Necesaria que organizó el Ángel de las Congregaciones. Fue constituyentista, poeta, taller de arpegios que aún conmueven al más acendrado amor por Cuba. Como respuesta a unos mensajes insultantes del integrismo compuso el Himno Invasor en La Matilde, Camagüey, el 15 de noviembre de 1895, con la colaboración del oficial mambí y director de bandas Dositeo Aguilera, en plena campaña hacia el Poniente.

Dejó una familia de poetas, indispensable para la historia de la literatura cubana de todos los tiempos, constructora ella misma del canon escriturario de la nación. Y un libro, crisol de notas que su hija Dulce María logró reconstruir como orfebre eficiente de la poesía: Memorias de la Guerra. Letras en campaña, la literatura funcional de la que habla la crítica.

Son sus propios combates, su pensamiento, su familia de cubanísima creación, la palabra consagrada a Cuba hasta el final, el mejor tributo a la memoria de Enrique Loynaz del Castillo, nacido el 5 de junio de 1871 en el norte quisqueyano, donde el mar dispuso una partida para transponer batalla en Patria.

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