El golpe del 10 de marzo

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A cada rato resurge la versión de que en la madrugada del 10 de marzo de 1952 se verificaron dos golpes y no uno solo. Y no resulta una idea descabellada. Había un descontento real entre los militares, algunos honestamente preocupados por el clima de violencia y de corrupción bajo la autoridad de los auténticos.

Existía más de una línea de conspiración, y por lo visto, se buscaron fórmulas de consenso. Carlos Prío Socarrás abandonaría la presidencia, pero resultaba indispensable la sucesión constitucional que no pusiera al movimiento fuera de la ley.

Para lograr eso, el vicepresidente ocuparía interinamente la máxima magistratura republicana y se mantendrían las elecciones generales de junio. En ese proyecto golpista, le dispensaban a Fulgencio Batista el cargo de Primer Ministro, quien –como se sabe—tenía remotísimas posibilidades de cara al voto popular.

El hombre clave en aquella jornada fue el capitán Jorge García Tuñón. Sus influencias y sus acciones abrieron las puertas de Columbia a los complotados. Fue él quien se dirigió al resto de las unidades, y logró las subordinaciones de regimientos decisivos para que el golpe prosperara en sus horas de inicio.

García Tuñón recordaría más tarde que en aquellos primeros momentos, Batista permanecía prácticamente confinado en una oficina del Estado Mayor. Conspirador nato, habitualmente desconfiado, el Senador-General había entrado al campamento militar por donde no lo esperaban. Y fue precisamente el aludido capitán quien revirtió un posible desenlace negativo para la operación en marcha.

No era un novato Fulgencio Batista en esos menesteres. En septiembre de 1933 tampoco fue el único sargento en la dirección de la revuelta, pero fue muy hábil en el manejo de las relaciones con “las fuerzas vivas”, como se les decía. Y al parecer, aquella madrugada esperó pacientemente el instante para hacer más o menos lo mismo. Y lo logró.

Sabía que era posible capitalizar el descontento popular contra el gansterismo, el peculado, la pobreza, y la injusticia. Y dio la orden de que miles de civiles, a la expectativa por lo que ocurría, entraran en Columbia. Salió del local donde estaba prácticamente enclaustrado para confraternizar con los soldados y con la gente. Y devino el acreedor de aquella euforia que recorría con aplausos y congas hasta el último confín del campamento. Fue el segundo golpe de la madrugada. Justamente el zarpazo.

Mucho se ha especulado sobre la génesis de la asonada. Se cuestiona la actitud del presidente Prío, de si fue una componenda suya con Batista para que la ortodoxia no accediera al poder, y de paso, no tener que rendir cuentas por sus años de desgobierno.  Al margen de esas lógicas suspicacias, el mandatario depuesto destinó dinero de su peculio personal para combatir al sátrapa.

Otro asunto fue la presunta responsabilidad de los Estados Unidos. No resulta creíble que fueran tomados totalmente por sorpresa, como tampoco hay evidencias firmes de que patrocinaran el golpe ni que manejaran los hilos del motín. El gobierno norteamericano reaccionó con cautela, para reconocer al gobierno del usurpador el 27 de marzo, es decir, más de dos semanas después.

Eso sí, era Batista el hombre de los norteamericanos en Cuba. En el apogeo de la insurrección revolucionaria, Estados Unidos le propuso que se hiciera a un lado para evitar el triunfo del Ejército Rebelde. No lo hizo, y sus amos nunca se lo perdonaron. Jamás volvió a pisar la tierra firme del Norte, como tanto quiso, para disfrutar de su residencia en la floridana Daytona Beach.

Obcecado por el poder, Fulgencio Batista no fue capaz de imaginar la madrugada de aquel lunes funesto que el golpe de Estado sería la chispa del fuego colosal de la Revolución cubana. El 10 de marzo de 1952 definió paradójicamente el principio de una formidable epopeya que remontó incluso las fronteras del archipiélago, para sembrar el sueño de la emancipación humana en cualquier parte del mundo.

 

 

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