Aún pulsa lo crístico en su continente: el morir no fue tabú, sino trabajo, salvación, el comienzo de una nueva vida. Y sin la menor traza de temor. Apóstol sin fronteras del reloj, asumió su destino como una premonición. Habló como Jesús de alzar el mundo. Y sigue siendo el primero como el último peleador que muere callado.
“Para mí, ya es hora”, consignó. Como un rapto final escribió sobre el peligro de dar la vida y la prioridad de detener a los Estados Unidos en la distancia de la independencia de Cuba. “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. El Evangelio de la nación conjuga reclamos futuros en cada momento difícil en la edad del Sol.
Aquel domingo, su día postrero, repartió la idea de dejarse crucificar por Cuba. Allí, en el abrazo del Cauto y del Contramaestre, invita a la carga a un joven de simbólico nombre, Ángel de la Guardia, que desde entonces será temeridad pura. Y recibe tres disparos, la justa exactitud numérica en la Sagrada Escritura.
Y como el Hijo del Hombre, tres días después de inhumado, no estará más en esa tumba. Rubén Darío lo increpa con cariño: “¡oh maestro, qué has hecho!” Aún resuena la tribuna como respuesta: “¡La razón, si quiere guiar, tiene que entrar en la caballería!, y morir, para que la respeten los que saben morir”.






