Un relevante intelectual cubano, Guillermo Rodríguez Rivera, escribió que lo cubano cristalizó por los caminos de la mar. La oralitura patriótica confirma que por esa ruta discurre igualmente su defensa. Aquel capítulo de mayo de 1961, en el que perdieron la vida el comandante Andrés González Lines y 16 compañeros suyos, se inscribe en esa narrativa de forja de identidad y de combate para salvaguardarla.
Habían transcurrido solamente unos días desde la victoria revolucionaria en Playa Girón. Como es lógico, la batalla tuvo un segmento naval importante. Cada patrullaje en las costas, y sobre todo un poco más allá donde el límite soberano radica a las aguas cubanas, no deja de implicar tareas y peligros de lógica complejidad en un área altamente sensible.
La dotación de la lancha R-43 tenía que saberlo de sobra. En la línea del horizonte, lo mismo desde el malecón de la capital, o desde cualquier acantilado donde el monte extiende sus dedos en el playazo, era posible ver la maniobra provocadora de las naves enemigas por aquellos días. La presencia misma de Andrés González Lines a bordo, debió de haber sellado entre ellos la idea de una situación operativa inusual, pero con la experiencia y la capacidad para aquilatarla y para enfrentarla.
Constituye un relato que debió de componerse poco a poco a partir de los mensajes emitidos por los compañeros. ¿Una celada enemiga? Seguramente. ¿Un señuelo sobre las aguas, para un eventual ataque submarino contra ellos? Muy probable. De ser así, habría que encomiar su iniciativa. Creyeron que se bastaban ellos mismos para encarar la violación de la plataforma nacional sin consultar ni pedir ayuda.
¿Cuándo la lancha R-43 envía su primer SOS? Es ya un testimonio en la historia de la Marina de Guerra Revolucionaria (MGR): la nave largó sorpresivamente el fondo y comienza a hundirse sin control alguno. Hace aguas inmediatamente. Incluso, les alcanza profesionalidad, calma y valor para decir que están listos para abandonarla. Dicen que están listos. No existe ni una sola traza de cobardía ni de desesperación, a pesar de las 10 millas que los separan de la tierra firme de la Patria.
Tuvieron solo minutos para reflexionar y para decidir. En ellos estaba la convicción de un ataque enemigo con torpedos, una acción comúnmente silenciosa, cuyo balance destructivo es su propia confirmación. Ninguno sobrevivió. Nunca fue posible esclarecer cómo aconteció aquel trágico saldo de 17 vidas perdidas, que desde entonces pertenecen al altar de la obra social y humana más hermosa, límpida y esperanzadora del mundo.
Pasaron ya los años desde aquel mayo de 1961. Otra vez la Roma americana arrecia la amenaza, el chantaje, el acoso. Calígula, extravagante y prepotente, ensaya en las puertas su función mortal y devastadora, con la risa y el beneplácito de sus alabarderos. El sacrificio del comandante Andrés González Lines y de sus camaradas, supone a esta hora lectura de amor a la tierra donde se nace, inspiración para protegerla, sobre todo cuando se sabe que una primerísima trinchera se halla por los caminos de la mar.













