Carpentier: el último enemigo destruido será la muerte

0
61

Era pródiga de trabajo la última estación de Alejo Carpentier. Y tuvo tiempo y energía para recibir amigos, hablar con entusiasmo de la traducción concluida, de la novela por terminar, del misterio permanente de Martí en el juicio sobre Bouvard et Pécuchet, de Gustave Flaubert.

Aquella noche en París del 24 de abril de 1980, solo pareció perceptible cierto cansancio en el continente humanal del genio narrativo. Nada hacía presagiar el final. ¿Sería ese lugar común, del paciente que parece recuperar en un rapto toda la lumbre de su salud en el umbral mismo de la despedida?

Cintio Vitier y Fina García-Marruz, los últimos interlocutores del Premio Miguel de Cervantes 1977, repararon sin embargo en una seña acaso extraña dentro de aquel registro documental casi infinito, con el cual el autor confería luces a cualquier escala del reloj, capaz de consagrar primaveras a ultranza del tiempo.

Católicos confesos y practicantes, captaron sin falta aquella oración reveladora de la primera carta del Apóstol Pablo a los Corintios. Alejo Carpentier subrayaba que el último enemigo destruido será la muerte. Saulo de Tarso construye un ensayo que parece una percepción holística del universo. Y explica el acto de la resurrección, la piedra angular que sostiene a una de las fuentes indispensables del pensamiento humanista del mundo.

Para escribir la novela de la Revolución Francesa en el escenario antillano, el escritor consultó toda la oralitura posible en el legajo numeroso y en el susurro natural de generación en generación. Allí, en París, la Ciudad-Luz epicentro de un cambio en la justa raíz de la historia, Carpentier oficiaba otra vez en todos los archivos a su alcance, para escribir la Verídica historia, sobre el cubano-francés Pablo Lafargue, yerno de Karl Marx.

Alejo habría concebido un ejercicio de ficción narrativa, a partir del más exacto dato histórico. Como un relato que se escribe a sí mismo, resulta aún tentador conocer entre la ironía y el sarcasmo, cómo se libró la célebre polémica de Lafargue con Louis Blanc.

En cada pasaje, estará sin falta El derecho al trabajo, de Blanc, y El derecho a la pereza, de Lafargue. ¿Cómo desentenderse del sueño utópico de la humanidad que solo precisa de tres horas de labor en el día, para agenciarse todas las necesidades posibles?

El santiaguero yerno del fundador del Comunismo Científico, expone todo su ardor caribeño en la casa de los Marx. (El Moro le habría recriminado por semejante espontaneidad: “Ajuste su reloj a Londres –más o menos le dice—que usted no está en las Antillas”.)

Carpentier tampoco podría pasar por alto la visita de Lenin al matrimonio. “¿Cuándo volverá usted por aquí?”, le preguntaron al futuro líder de los bolcheviques. La fecha en el cronograma posible del ruso les rebasaba el minuto preconcebido para el suicidio. No, no volverían a encontrarse. Para entonces ya estarían inexorablemente muertos.

Muchos personajes de sus novelas no parecen morir. Más bien se fugan, como el Mackandal de El reino de este mundo. Sofía y Esteban van a la calle porque “hay que hacer algo”, cuando el pueblo se pone en movimiento. Es como si Alejo propusiera identificar cada rostro del martirologio que Goya pintó, o rastrear cada pasaje de Benito Pérez Galdós.

Siempre dejó al lector intersticios para recuperar pasos perdidos, o para en un ejercicio de la Máquina del Tiempo de H G Wells, revertir el acoso. A la distancia de un abrazo, parece confesarse en su último minuto: regresará a librar su última batalla.

“La muerte será derrotada en esta victoria”, como sostuvo Pablo a los corintios. O a la buena manera de construir la historia misma de millones, como una crónica de lo real maravilloso en el reino de este mundo.

Califiquenos

DEJA UNA RESPUESTA

Comentario
Nombre