La identidad de Mayabeque: con lealtad, valor y sentido de pertenencia

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No fue tarea sencilla lograr un consenso en torno al nombre de una de las jóvenes provincias de Cuba, nacidas el 9 de enero de 2011. Pareció resolver el entuerto el río Mayabeque, que recorre confines de norte a sur, inscrito literalmente en su playa de destino. Pero el criterio estaba muy lejos de ser unánime.

No deja de ser atractivo pergeñar un signo arahuaco en nuestros días. El siboneyismo decimonónico, por ejemplo, encontró marcas de resistencia en ese pasado integrador del Caribe. El río era afectivamente cercano para unos, pero para otros no. Y en cuanto al origen del término, aunque sea popular la leyenda sobre una hermosa historia de amor, no existe un criterio conclusivo ante un sinnúmero de hipótesis en el tintero.

La identidad supone una construcción de siglos, a partir de la síntesis de ideas y de sentires. No puede ser más difícil la empresa desde un código en el cual no hubo una coincidencia suficientemente alta. No parece tampoco fácil acostarse habanero y levantarse mayabequense. Y empezar a facturar un nuevo tiempo en la vecindad de La Habana.

Y aunque sea paradójico, un camino de ese trabajo pasa precisamente por la común historia. La capital del país celebra su aniversario por la fecha de su enclave definitivo el 16 de noviembre de 1519. Por lo visto, se desentendió de su sitio primigenio, aún sin precisar, en el sur de la actual Mayabeque. Ante las inundaciones costeras, muchos creen que está bajo las aguas del mar. Los historiadores de esta geografía debieran convertir ese tema-problema en un sello de actitud.

En esas relatorías de los recuerdos existe una fuente tremenda de identidad. Desde la irrupción invasora en enero de 1896, precisamente por bordear a la urbe metropolitana y cosmopolita del archipiélago, el mambisado fue tejiendo una épica distinta de heroísmo por esta parte, en la búsqueda del Ayacucho cubano.

Igualmente, está a la mano una gama por cultivar creadoramente. El repentismo, que algunos creen conectado con tradiciones agrícolas, contribuiría a esa suerte de fragua. El escenario hoy es bastante complicado por la dramática precariedad económica, pero debiera ser tendencia, casi un principio, que cada mayabequense, viva donde viva, se integre a la emoción de mayo en Santa Cruz del Norte, al rito de diciembre de la Santa Bárbara en Güines, a la Quema del Año Viejo en La Salud, en Quivicán.

Pero el béisbol será a la larga el medidor. El milagro del ajiaco que describió don Fernando Ortiz supone una ruta perenne. De la mano del Benny, la jazz band jamás sonó tan cubana. Procedente también de los Estados Unidos, el juego se integró en el patriotismo para ser el pasatiempo nacional. El equipo de Mayabeque precisa de un taller de emociones que le conciba su propia afición. Sería un trabajo arduo, constante, seductor, que implique en lo fundamental a la niñez, y consiguientemente a la escuela.

En la relatoría de Mayabeque se encuentra el hombre que transpuso en página de honor el cataclismo del 7 de diciembre de 1896 en San Pedro de Punta Brava. Un hijo de estos parajes recuperó para siempre la vocación de Maceo y de Panchito, el hijo del Generalísimo. En el registro simbólico de la joven provincia, está el machete de Juan Delgado González, con sus inequívocas estrellas de coronel. El emblema recuerda que la identidad se hace con lealtad, con valor, con sentido de pertenencia.

 

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