San Miguel de Rompe, donde el Padre reclamó a sus hijos que se levantaran

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San Miguel de Rompe resulta todavía un sitio de difícil acceso para muchos. Por lo que parece, el espionaje español, usualmente efectivo, oportuno, distendido, no pudo captar los hilos de la conspiración de aquel agosto de 1868 en la jurisdicción de Las Tunas. Fue la primera vez que se reunieron orientales y camagüeyanos para intercambiar en torno a la independencia de Cuba.

En honor a la verdad, no se sabe mucho sobre lo discutido. No son muchos los detalles. La historiografía ha tenido que sortear la discreción de aquella gente, acendrada en una cultura masónica a toda prueba. Pero se ha podido establecer el debate entre dos tendencias: la de Céspedes, quien clamaba la acción inmediata, y la de Francisco Vicente Aguilera, partidario de esperar un año más para reunir los recursos necesarios.

Debe de haber sido una polémica bastante encendida en San Miguel de Rompe, porque ambas posiciones tenían argumentos de muchísimo peso. A Carlos Manuel le asistía la inmensa razón de que un posible delator los pondría en manos de la autoridad española si aquello se demoraba demasiado.

De ser sorprendidos, se sabe, muchos serían condenados a muerte. Era la reacción acostumbrada del régimen colonial. Pero el peligro mayor radicaba en la probable desmoralización en las filas del independentismo, del tiempo que habría que esperar para el advenimiento de otra vanguardia.

No debe hacerse un juicio demasiado sumario sobre la otra opinión. Aquellos hombres conocían al enemigo que enfrentarían. Era uno de los ejércitos más aguerridos de Europa, con una larga tradición combativa reconocida por todo el mundo, célebre por el valor probado en campañas dentro y fuera de la península. Y aquella vieja monarquía dio sobradas evidencias de que no estaba dispuesta a ceder su joya favorita. Hoy se sabe, por ejemplo, el rechazo continuado a cada propuesta de compra por parte de los Estados Unidos.

Las conocidas palabras del Hombre del Ingenio Demajagua en San Miguel de Rompe, que sí trascendieron en la historia, deben de haber conmovido a más de uno de los presentes, sobre todo a los indecisos. Aquel ¡Levantémonos!, se me ocurre un estallido en el reino de la calma.

A cada rato se discute en relación con los nombres que concurrieron en aquel lejano punto de la geografía tunera el 4 de agosto de 1868. Algunas fuentes reparan en una eventual coincidencia con el texto bíblico, por la probable cifra de 12 próceres allí reunidos. Y también la presencia del Judas Iscariote del grupo primigenio, Belisario Álvarez, quien llegó a conocer a la República y que por lo visto nunca se arrepintió.

En un libro español publicado en 1869, aparecen diatribas contra tres figuras de aquella significativa cita, para confirmarnos que el linchamiento mediático contra los revolucionarios cubanos no es un tema nuevo. Se trata de un catauro de calumnias contra Carlos Manuel de Céspedes, Francisco Vicente Aguilera, y el hoy prácticamente desconocido Francisco Muñoz Rubalcaba, el poeta, el novelista, el periodista, el trotamundos por los caminos del archipiélago. No andan mal encaminados quienes le confieren el posible papel de coordinador principal del encuentro.

Nada fue igual después de aquella extraordinaria jornada en San Miguel de Rompe. La Convención de Tirsán multiplicó el oficio y el encanto fraternal de las logias en la conciencia de ser cubanos, en la voluntad de conquistar al menos un palmo de tierra para plantar bandera, como alguien dijo cierta vez. La chispa que prendió en un lugar aún apartado, devino fuego purificador que asombró al mundo, que anunció un nuevo pueblo en el concierto de los libres el 10 de octubre de 1868 en Demajagua solamente dos meses después. Y ungido vive el Padre que supo levantar a sus hijos.

 

 

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