María del Carmen y el nuevo amanecer

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Cuando ya parece que la tarde llega con los anhelados momentos de descanso a lo intrincado del área rural de Ganuza en San José de las Lajas, para María del Carmen Martínez Paumier el día es joven aún, como en cada una de las interminables jornadas de su rutina semanal.
Ella es una joven mujer, madre y campesina, presidenta de la Cooperativa de Crédito y Servicio Hugo Rivero Álamo, de la localidad de Ganuza, en el municipio San José de las Lajas, provincia Mayabeque, Cuba.
Antes del amanecer de este día ya estaba dejando preparadas las provisiones para los pequeños de la casa y lista para salir rumbo al centro de acopio a fin de entregar productos de la Cooperativa que preside, demandados en estos tiempos difíciles.
Solo quien le conozca o la vea en el accionar creerá que esta mujer, pequeña solo en talla, sea capaz de llevar adelante la agotadora tarea de una cooperativa campesina, tradicionalmente dominada con la fuerza y la rudeza masculina, símbolo tallado por el cincel de los siglos en la mente humana y por tanto no apta para mujeres.
Su capacidad le provee este día de la paciencia necesaria para esperar en la base de acopio el final de un matutino inoportuno pero preventivo, necesario en tiempos de pandemia y a pesar de la prisa no puede evitar la interminable espera de su turno, para descargar, rayando ya las once de la mañana.
Entonces suena el teléfono del periodista que desde temprano espera la llegada del áspero camión y la joven presidenta de la cooperativa.
Al fin aparece a la vista la finca La pintura, primer punto de un recorrido largo bajo el sol ya inclemente del mediodía, donde nos espera Reinaldo Pérez Ortega, quien nos muestra el remolino de las clarias en su campestre balneario y María, la única mujer de la pequeña comitiva, continúa por las áreas del amplio y variado sembradío, con la misma firmeza de su esposo Reynel, Deny Fraga el presidente de la ANAP y este servidor.
La finca La pastoriza también sumó calor, sol ardiente y preocupación a la sensibilidad de a la joven presidenta, al recorrer los campos abrazados y llorosos por la falta de riego a causa de una sequia lamentable.
Y finalmente, en la finca San Francisco se corroboraron planes, resultados y compromisos a pesar de todo.
La llegada al hogar daba la idea del fin de la jornada para la joven madre, quien un día reorientó su profesión rumbo a la naturaleza, la tierra, el surco y sus costosas bondades.
Como experta ama de casa ofertó a los sedientos compañeros de viaje el batido de mamey que me arriesgo a asegurar que nadie en el arte culinario podrá hacer mejor.
Mientras el esposo arreglaba un detalle en la nave de aquel recorrido, ella sin descansar, aprovechó para ajustar las cuentas de las últimas entregas.
Y cuando al fin ya pensábamos en despedirnos de María y permitirle el merecido descanso, nos indicó el momento de subir al carro del regreso, mientras ella, en vez de descansar, subió a una moto y salió adelante con el mismo espíritu del amanecer y una sonrisa, en busca de su pequeña Sophy, al cuido de su abuela, bien lejos del lugar.
Entonces quedé reflexionando en cuánta voluntad asiste a esta mujer que sintetiza la alegría de la juventud, la cordialidad y el amor de la madre campesina, el espíritu, la voluntad y la mesura que comparte con la dosis necesaria de equilibrio, para cerrar el día satisfecha y esperar anhelante el nuevo amanecer.

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