Manuela y la soledad

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Manuela cumplió 75 años. Vive sola en una casa pequeña pero que le resulta inmensa donde permanece atada a los recuerdos, en concilio con una ventana desde la cual recibe los primeros rayos del sol y despide el día cuando la noche sella la jornada.

Su vida laboral la supo activa, siempre entre las primeras. No escatimó tiempo para dedicarlo a su hacer, aún con sus hijos pequeños, ella siempre se las ingenió para cumplir con cada tarea.

Enmanuel y Eber,  con diferencia de cinco años llegaron a su vida en circunstancias diferentes. A Enmanuel, el primogénito lo desearon ella y Edgardo, sería el primer nieto de las familias de ambos.

Ellos estaban felices, con parte de sus metas cumplidas, egresados de la Universidad, trabajadores en sus respectivas especialidades, con una casa que les había dejado el abuelo de Manuela por tanto, decidieron ser padres.

Enmanuel llegó el último día de diciembre de 1985. Un niño hermoso que les colmó de alegría y al cual dedicaron sus energías y paciencia pero, cinco años después, todo cambió para Manuela, un segundo embarazo dio un giro de 180 grados a su vida.

Confusión primero, certeza después, imposible interrumpir el embarazo que tras 9 meses trajo a Eber, el segundo hijo que no estaba en los planes. Manuela, tal vez hoy repasa cada página de su vida, las diferencias que marcó entre sus dos hijos, donde siempre el menor supo que no era deseado y cargó con todos los pesares.

La vida es como un libro, el cual se le pueden quitar páginas pero la historia, la esencia está ahí. Manuela hoy está sola, Enmanuel se casó con una joven argentina y vive con ella en su tierra, Eber decidió emprender la travesía que mucho cubanos asumen hoy, y tampoco está a su lado.

Desde su ventana, sigue el curso de cada día, medita, busca en su memoria quizás, aquellos momentos de alegría que la hicieron feliz, y tal vez aquellos en los que se equivocó.

No hay escuelas para aprender a crear una familia, para aprender a ser padres, o los mejores padres, solo la intuición y el empeño para hacer de la mejor manera la obra de cada día, en ello está el secreto; en el amor que dispongamos siempre, sin comparaciones.

Manuela tiene 75 años, los cumplió ayer, es viuda, sus hijos y nietos están lejos, ella sigue en concilio con su ventana desde la que recibe el amanecer y despide cada día.

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