Mambisadas del General José

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Uno de esos libros pequeños pero intensos, Mambisadas, del historiador cubano Abelardo Padrón Valdés, confiere a manera de iniciación un retrato de la humanidad del General José Maceo Grajales, aquel que dijo que únicamente Martí podía sacarlo de su nido de amores para venir otra vez a la guerra, a batirse como un león tal cual era.

El propio Padrón Valdés es autor de otros títulos sobre este hermano del Titán, nacido el dos de febrero de 1849 en Majaguabo, San Luis, en la actual provincia de Santiago de Cuba.

Son páginas por donde transita invariablemente el héroe tartamudo, mal genioso pero honrado, exaltado pero de fuerte vocación por la disciplina.

En el volumen General de tres guerras se denotan las dos veces en que debió acatarla, arrestado por sus jefes. Gómez dispuso el cepo, pero no se atrevió. Llamó a Antonio para que aplicara la sanción tan solo por unos minutos. La otra fue tras arriesgar la vida en un lace casi de broma, que aparece en Mambisadas.

El autor recuerda que el hermano mayor lo reprendió entonces con firmeza. José no hacía otra cosa que soplar bocanadas de su tabaco. Antonio Maceo no fumaba, ni permitía que se hiciera en su presencia.

Y visiblemente molesto, lo recriminó por aquel humo que tanto le molestaba. La respuesta de José fue una chanza que irritó sobremanera a Antonio. Y lo arrestó.

Pero en instantes, al Titán se le pasó la ofuscación, y lo mandó a buscar. José le respondió al enviado que se hallaba prisionero por orden del General Antonio Maceo, y que solo él, personalmente, podía liberarlo del arresto.

Y allá fue el hermano amado, a abrazarlo, a sellar con un gesto de querencias el fin de un brevísimo castigo.

Las cosas del General José 

El General José bromeaba mucho sobre la fobia de su hermano hacia el humo del tabaco: “Si los españoles supieran eso –solía decir—te cazan a cachimbazos”.

El capítulo de la boda de José es fabuloso: el sacerdote le preguntaba al novio, uno por uno si cumplía los 10 mandamientos. Pero llegó el minuto de responder sobre aquel que dice: “No matarás”. La respuesta de José fue una mezcla de ira con sinceridad.

Algún que otro historiador asegura que con el tiempo, se le añaden frases fuertes a la anécdota, como para hacerla más simpática, pero siempre a imagen y semejanza del bravo mambí.

Entre las cosas que se le atribuyen fue que le dijo más o menos que habría que ser muy guanajo para preguntarle eso a un hombre que pasó tantos años en la guerra.

Ante la presunta frase del párroco de pedir dispensa en Roma, dicen que hasta amenazó con lanzarlo por una ventana. El sacerdote le pidió al padrino de la boda, Enrique Loynaz del Castillo, que lo protegiera. “En la ceremonia –le dijo—póngase entre la fiera y yo”.

En las cargas al machete, el General José se hacía acompañar de una banda musical que interpretaba pasodobles para burlarse de los españoles. El biógrafo Abelardo Padrón Valdés asegura que tocaba la guitarra, y que escribió una partitura musical aún sin localizar.

A un fotógrafo de San José, Costa Rica, le dio su merecido con los puños por un juicio racista en su contra. Sin embargo, a un ortodoncista que quiso entrar en su tropa por ser de su mismo color de piel, le envió un mensaje ejemplar con el propio emisario: “Dígale a ese dentista que se vaya para otra parte, porque esta no es una revolución de negros”.

La anécdota de la entrada a Guantánamo, casi solo (dicen que fue una apuesta) vale un capital. Todavía se habla allá en el Guaso de aquel brindis con vino en un cafetín, donde el tabernero era un vivo manojo de nervios.

Esos y otros relatos aparecen en Mambisadas, un vibrante anecdotario del General José y de otros tres jefes mambises, que bien valdría la pena reeditar.

Fue un típico criollo, este héroe nacido en Majaguabo, San Luis, el dos de febrero de 1849: el General José Maceo Grajales, el hombre que de estar en Peralejo habría coronado la gloria del hermano, el cubano leal que demostró su admiración a Martí con el más grande de los abrazos.

 

 

 

 

 

 

 

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