José Martí: universal y nuestro

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Todos los día existe un pretexto para regresar a José Martí. Y es que el más universal de los cubanos es fuente imprescindible para ayer, hoy y mañana. Baste llegar a sus versos o a su prosa para encontrar al amigo, al maestro, al hombre que amó intensamente y que hasta el último de sus días llevó a Cuba en su corazón y pensamiento.

Regresar a Martí es acudir a una clase vital. De él recibimos el sentimiento más puro, la alerta objetiva sobre los peligros que asecharon otros siglos y aún atentan contra los humildes. Regresar a José Martí es aprendizaje, es conciencia y respeto. Es honor.

No entiendo, no acepto y no perdono a quien ultraje su memoria. Mucha pobreza de espíritu, demasiada escasez de sustancia gris en aquellos que osaron dañar los bustos del apóstol. ¡Qué infamia! Qué manera tan vil de insultar y profanar la dignidad misma.

A Martí se respeta. Tanta inmensidad en un hombre que apenas rebasaba los 40 años. Tanta entrega en quien desde temprana edad padeció las consecuencias del odio de quienes oprimían a Cuba.

A José Martí, sin ánimo de creerlo santo ni algo que se le parezca, no se puede llegar con apuro, es preciso el encuentro pausado para leerle y aprender de su pensamiento. El mejoramiento humano que vislumbró está en la voluntad misma de cada quien que crezca desde el sentimiento y la aptitud para ser mejor persona cada día.

Marionetas deslumbradas por promesas, sietemesinos en los que no habita la vergüenza ni el más mínimo pudor arremetieron contra los bustos de José Martí. Lo contaron sin peros ni disculpas, como si vomitaran estiércol, como si contaran una ingenua aventura que su carencia de escrúpulos no les permite asentir su fechoría.

A José Martí se respeta. Infelices quienes aplauden hechos vandálicos, ignorantes de mala monta aquellos que blasfeman, injurian y atentan contra la dignidad misma.

A José Martí, el más universal de los cubanos se lleva en el corazón.

 

 

 

 

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