Hoy,  día del trabajador azucarero

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Aquel 13 de octubre de 1960, 105 centrales propiedades de los Estados Unidos, pasaron a manos del pueblo de Cuba. Era la respuesta digna a la denominada Ley Puñal aprobada en julio de ese año por el gobierno norteño, con la que el imperio pretendió asesinar la obra social y humana más grande de la historia.

Años después, la fecha devino Día del Trabajador Azucarero. Aquel día fue la culminación de un proceso iniciado con el triunfo. La Revolución recuperó fábricas a raíz de las primeras medidas contra la malversación por décadas de vergüenza, y contra la apropiación de bienes por parte de testaferros del régimen batistiano.

El 6 de agosto del propio año 1960, fueron nacionalizados 36 centrales hasta entonces administrados por el capital yanqui. Era el adelanto de lo que ocurriría dos meses más tarde. El historiador del patrimonio azucarero, Liobel Pérez Hernández, recordaba una curiosidad: el central Mercedes de Matanzas, se nombró desde entonces “6 de Agosto” a manera de recordación.

Pero como apuntábamos al principio, el 13 de octubre de ese año, fue el cambio definitivo de las actancias de la caña. Nuevamente las medidas radicales de la Revolución por las conquistas de la auténtica soberanía de la Patria, suponían la respuesta al prepotente gigante del Norte.

El genio descubridor del alma de la nación, el sabio Fernando Ortiz, advirtió en la dinámica fundadora un contrapunteo del tabaco y del azúcar. Pero el papel de la caña fue siempre decisivo. El grito de “Independencia o Muerte” aconteció en un ingenio. El 10 de octubre de 1868 nació un pueblo nuevo, en un escenario plenamente azucarero.

Y en las relatorías del azúcar, están las luchas de Jesús Menéndez, como también la raigambre de glorias deportivas y de cultores de la creación artística. Es un mundo que concurre en la cuentística de Onelio Jorge Cardoso, en el poema de Nicolás Guillén, en el “Melao de Caña” de Mercedes Pedroso, en el trabajo voluntario promovido por el Che en la idea de hacer el hombre nuevo.

El cierre de tantos centrales, resultó una impostergable decisión económica, pero de implicaciones culturales y sociológicas. Por la tradición azucarera, tradicionalmente en manos de la familia, pasa una buena parte de la vibración popular. Salvaguardar el patrimonio histórico, constituye otra tarea indispensable para seguir siendo lo que somos.

 

 

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