Día del arquitecto cubano: la imperiosa necesidad de transformar el mundo

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Cada 13 de marzo deviene en Cuba el Día del Arquitecto. Por definirnos y construirnos todo espacio de existencia, difícilmente exista otra disciplina de tanta huella en lo cotidiano. Resulta altamente significativo que el Maestro inscribiera en la esperanza del mundo, la prioridad de saber la historia del género humano contada por sus casas.

Alguien decía que de las bellas artes, la arquitectura conserva vivo su discurso cuando las demás callan. En el debate permanente sobre la perennidad de lo cubano, habrá entonces un lugar para el trabajo que instruye y sensibiliza en dimensiones múltiples, en tanto ofrenda hogar y sitios queribles.

Y en la arquitectura hay una difícil prueba para la obra social y humana de la Revolución. En su novela El hombre que amaba a los perros, Leonardo Padura escribió que pareciera que la belleza y el socialismo juegan en novenas contrarias. La necesidad de resolver el problema de la vivienda (por lo visto, inacabable) compulsó a la denominada arquitectura social.

La creatividad retrocedió, en tanto que las ciudades cubanas no solamente comenzaron a parecerse unas a otras, sino que por facilismo tecnológico, resultaban copias del urbanismo soviético. Y para colmo de males, la precariedad de materiales obligó a encauzar la arquitectura por el prefabricado como si fuera la huella múltiple del grabado en las artes plásticas.

Existe el peligro latente de que en obras de firmas mixtas (hoteles, por ejemplo) el inversionista extranjero imponga un proyecto alejado de esencias y contenidos de la arquitectura cubana. La necesidad de articular una política lingüística que funcione en todo el archipiélago, pero especialmente en las instalaciones turísticas, constituye casi una obsesión de los académicos cubanos.

¿Y la construcción propiamente del hotel? ¿Cómo funciona la contraparte nacional en la concepción de un proyecto que se parezca a esta tierra de lo real maravilloso? Constituye un lugar común la queja de los arquitectos cubanos, de que sus criterios no se tengan debidamente en cuenta en los numerosos programas inversionistas que anteceden a cualquier obra.

No es suficiente recordar la constitución de un colegio histórico en fecha como esta, ni denotar solamente que el estudiante de Arquitectura José Antonio Echeverría Bianchi, dirigió un capítulo heroico de la juventud cubana por la libertad el 13 de marzo de 1957.

La celebración del Día del Arquitecto Cubano alumbra deberes, la responsabilidad de asistir a la labor que decide buenamente la capacidad humana de interpretar al mundo, y como decía un gran pensador de la emancipación, la necesidad imperiosa de transformarlo.

 

 

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