Un verano atípico

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Cada año los meses de verano son motivo de alegría, vacaciones, fiestas populares, iniciativas culturales y deportivas, en fin, una etapa de esparcimiento para la mayoría. Muchos dedican este periodo para relajar tensiones laborales. Cesan las actividades escolares y la risa de los niños adornan nuestros parques y avenidas. Todo un acontecimiento que se planifica para el mayor disfrute de la familia.
La sorpresa de la pandemia mundial por el nuevo Coronavirus transformó la etapa estival en un verano atípico, matizado por el confinamiento y el aislamiento social. Debieron posponerse los planes de celebración y ocultarse las sonrisas debajo de mascarillas. Una situación difícil pero necesaria. Imprescindible para afrontar el embate de un virus letal que ha contagiado más de 24 millones de personas, con una cifra de fallecidos que supera los 824 mil a escala global.
Los cubanos tenemos fama de rumberos, característica que heredamos de nuestros antepasados y ostentamos con orgullo. También nos encantan las fiestas y pachangas (como decía mi abuela). Pero hemos aprendido que la vida humana no tiene precio y ha sido necesario transformar nuestro gozo en precaución y sensatez. La energía de la juventud se volcó en campos y ciudades, de manera voluntaria, para contribuir a la higienización de cada rincón y a la alimentación del pueblo, demostrando nuestra capacidad de hacer por el bien común.
Un verano por la vida es el eslogan que nos acompañó durante esta etapa. Diferente sí, pero llena de esperanzas en el futuro. Sabemos y confiamos que la COVID 19 no llegó para quedarse, la humanidad es invencible y ganaremos también esta batalla. El Sol brillará con más fuerza y muchos otros veranos llegarán y ahí estaremos los cubanos, rumberos y pachangueros como decía mi abuela.

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