Tata Güines: la leyenda

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El tumbador llevó consigo el nombre de su pueblo natal, para inmortalizarlo en el código de sus tumbadoras. Al nacer, fue inscrito como Federico Arístides Soto Alejo, pero lo llamaban Tata Güines: el signo cariñoso para el hermano querible y la patria chica de los afectos primeros y más cercanos.

Y es muy posible que el topónimo de la comarca, tenga un sitio de significación bien ganado en cualquier hall de la fama en la memoria afectiva del mundo.  Aquel amanecer de  febrero de 2008 no dispuso instante alguno para el ángel de la tristeza. El tambor cubano no tiene otro modo de rendir tributo que la tocata esencialmente popular, con la cual se cuentan las mejores historias del barrio y se exponen los más intensos sentimientos de la gente.

El tambor de fundamento llegó a este lado del mar en la emoción y en la rebeldía de unos hombres arrancados de su tierra, pero dispuestos a no dejar de ser. En el rito de la esperanza cultivado de generación en generación, vivió y obró intensamente Tata Güines.

Percute el artista en la idea fija de construir un mundo de equidad y de justicia, de salud y de bienaventuranza, para la gran familia del género humano sin distinción de raza ni de credo. En esa empresa a la cual se ofrendó entero Tata Güines, no puede haber tampoco un lugar para el silencio. Será preciso siempre dispensarle una fiesta de tambores para que la muerte se transponga en recuerdo.

Ahora se cierra el decimocuarto aniversario de su deceso. Muchos de los que vivieron la gloria de su advenimiento y de su triunfo en las pistas del planeta, se marcharon ya de este mundo. Quiérase o no, poco a poco, la bruma de la desmemoria comienza a desdibujar su continente personal de los recuerdos. Como otros tantos de igual renombre en la cultura de los suyos, Tata Güines empieza a sufrir la prisión de lacónicas notas de efemérides, que jamás significarán la auténtica jerarquía artística del creador.

Como la Utopía se resiste siempre a morir, en febrero o en junio –los meses que guardan sus capítulos de partida y de llegada—bien pudiera concebirse una jornada de homenajes en todo el país, y muy especialmente en los parajes, hoy mayabequenses, que le fueron tan familiares y queribles.

A pesar de todo, en el barrio de Leguina las circunstancias son distintas. Allí aún lo saben de memoria, y el tributo se viste hasta de santidad. El tumbador supo sembrarse en las prioridades creadoras y en la necesidad humana de asociarse de su comunidad, como si supiera de olvidos, y buscara la mejor manera de remontarlos.

La tradición permanece en las manos de la edad de oro, para darle una connotación artística al topónimo del pueblo. Los Tatagüinitos integran en un solo nombre la gratitud al músico genuino y el orgullo de transitar las primeras calles del genio, que insiste en subvertir las trampas de la muerte.

 

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