Roberto Faz: La música, la historia, el mito

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El cantante cubano Roberto Faz  falleció en La Habana el 26 de abril de 1966. Desde entonces, las circunstancias determinaron que el acercamiento a la obra, a la vida, incluso al hecho mismo del deceso, supusiera una interrelación curiosísima de la historiografía con las leyendas y la disquisición musicológica.

El talento grande, por sí solo, deviene mito de los pueblos. Semejante condición explica en su justa medida la naturaleza verdadera del artista. Y en esa dimensión rinde viaje el paso de Roberto Faz a la eternidad, aunque de hecho existen numerosos documentos sobre el tema.

La gente jamás se conformará con la idea de la muerte de uno de los más genuinos cultores del código de su cultura. Y así, a pesar de los años transcurridos desde su partida, perdura la famosa historia de que el sonero reglano fue enterrado vivo, de que el cristal del ataúd se encontró rallado a la hora de la exhumación, de que los restos encontrados no se encontraban en la posición de decúbito supino.

Es casi seguro que Roberto Faz constituye uno de los escasísimos casos en el mundo, donde el acta pericial policíaca, el certificado de defunción y la nota musicológica, convivan en armonía ejemplar. Recuerdo las declaraciones de un sobrino del cantante, Eddy Faz, sobre el dictamen conclusivo que significaba la inundación de la bóveda en el cementerio del barrio ultramarino de Regla, y que eso, y solamente eso, explicaba que el féretro estuviera movido del lugar original.

Un investigador de la música cubana, Juan Gaspar Marrero, llegó a entrevistar a una hermana del artista, quien aseguraba que el célebre intérprete de sones, guarachas, dengues y mosaicos ya estaba en rigidez cadavérica a la hora de vestirlo. “Si hubiera existido algún indicio de que estuviera vivo –decía -yo hubiera sido la primera en reclamar, en exigir una investigación”. Y sobrevivió por 30 años a su querido hermano, y jamás hizo demanda alguna.

Tanto en el acta de enterramiento en el cementerio de Regla, como en el Archivo de La Habana, se consigna que Roberto Faz falleció el 26 de abril de 1966, víctima de un derrame cerebral. El ya mencionado Juan Gaspar Marrero recordaba en el foro teórico de un festival de boleros, que el cantante era hipertenso, y que a raíz de una crisis se le afectó la visión y tuvo que empezar a usar espejuelos.

El investigador aseguraba que a partir de ese momento, hasta debió afeitarse el bigote. Y denotaba que fue por entonces que cantó en un programa televisivo la famosa página Realidad y fantasía, de César Portillo de la Luz, hoy una grabación de indiscutible valor patrimonial.

También quedó el testimonio del doctor Manuel Paniagua Estévez, por muchos años especialista del Instituto de Gastroenterología, y que en 1966 era el director de la Clínica Dependiente de La Habana (hoy hospital clínico quirúrgico “10 de Octubre”), quien firmó el certificado de defunción de Roberto Faz.

Según declaró en una entrevista para Radio Rebelde, fue un hecho verdaderamente azaroso: el médico de guardia remitió  a Roberto Faz ya en estado muy grave al neurocirujano, quien ya no pudo hacer nada para que sobreviviera. Al fallecer, ordenó que se hiciera la necropsia al cadáver, pero los integrantes del conjunto musical se negaron.

Sus compañeros acudieron al médico-jefe para que intercediera. Paniagua Estévez describió el terrible cuadro clínico del cantante. Habló de una grave hemorragia intraventricular, con una cianosis tremenda. De acuerdo con su opinión, el daño sufrido por el paciente era incompatible con la vida.

La decisión lo puso para siempre en el ojo de la tormenta que no cesa a pesar del tiempo transcurrido. El doctor contaba anécdotas de personas que le aseguraban a él mismo, que “el médico que certificó la muerte de Roberto Faz está preso, porque enterraron vivo a Roberto Faz”.

En un momento de la entrevista, dijo: “Y de paso aclaro que nunca he estado preso, ni nadie me ha venido a ver por ese problema”. Y se declaró admirador de aquel artista. El azar lo situó sin que él se lo propusiera en el centro de un mito que aún perdura, porque Roberto Faz concibió desde muy antes de morir un hogar en la médula misma del alma de su tierra.

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