Primero de Mayo: fiesta, lucha y cultura del trabajo

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La crisis epidemiológica que aún remonta fronteras geográficas, cambió las reglas de cualquier celebración. En las horas precedentes de la gran jornada del mundo, se extienden fórmulas, cristalizan iniciativas para que no pase por alto el Día Internacional de los Trabajadores. Y se hace bien con eso, no solamente por lo que la fecha implica como registro tradicional de fiesta y de lucha.

Mientras haya empresa por hacer, no hay derecho a desmovilizarse. En muchas partes del planeta, comienza a verificarse la pérdida de empleos a raíz de la presente amenaza. Las leyes ciegas del capitalismo realizan su tarea impecable. Otra vez, quizá en este minuto con mayor claridad, aparece el mercado rigiendo la vida y la muerte de los seres humanos.

Habrá que ir perfilando desde el confinamiento del hogar las tareas urgentes que tendrán ante sí los trabajadores del planeta cuando el peligro se disipe. Está claro, que aunque el destino es todavía incierto, al final habrá que librar duras batallas. Luego entonces, aunque no se salga a la calle, los desposeídos del mundo no deberán olvidar que el Primero de Mayo implica algo muy grandioso: la emancipación del trabajo.

Desde la alborada de la humanidad hasta hoy, todo cambia y seguirá cambiando, pero el trabajo se mantiene como única fuente de riqueza y del propio renuevo. La Revolución Cubana democratizó derechos, y extiende herramientas de instrucción, de cultura y de sensibilidad para ejercitarlos.

En una revista mexicana, el joven José Martí escribió: Base es el trabajo de todos los pueblos, el trabajo digno, honrado e ilustrado. ¿Hasta dónde son conocidos y asumidos los estudios de la cultura del trabajo en Cuba? Para el Maestro, el tema pasa por esa trinidad necesaria: dignidad, honradez, ilustración. Un prestigioso antropólogo cubano, Jesús Guanche, recordaba hace solo unos años el progresivo deterioro del orgullo de trabajar, y la prioridad de analizar el problema dijoa camisa quitada.

Claro que resulta imprescindible crear mejores espacios para el trabajo y de altos resultados para la gente que lo hace. Constituye un contrasentido casi hiperbólico que la tarea digna, honrada, ilustrada, a la cual se refería Martí hace más de 140 años, tenga escasos atractivos, que sea un lugar común sin emoción ni colores.

Parecía ya remontada por el tiempo aquella polémica fraternal del Comandante Ernesto Che Guevara con León Felipe sobre el trabajo y la condición humana. Con el paso de los años, en esta propia aventura revolucionaria de Cuba, se suscitaron intercambios y nuevos choques en torno al tema.

El artículo del narrador, poeta y ensayista cubano Abel Prieto Jiménez, La cigarra y la hormiga, arroja luz sobre las actancias en el socialismo insular caribeño, donde el obrero, el campesino y el estudiante, cultivan su talento artístico, y donde igualmente el artista ha compartido más de una vez la empresa dura del taller y de la tierra.

Pero la brumosa contemporaneidad nos deparó retrocesos en casi todos los frentes. A cada rato emerge el juicio de una batalla de ideas, de la cual no se acaba de hacer el balance de bajas. El mundo del trabajo no escapa de esa realidad.

Tras el acceso de la población a otros niveles de enseñanza propiciados por la Revolución (algo además irrenunciable), se crearon problemas nuevos, como la creciente pérdida de transmisiones laborales a nivel de familia, en la ciudad y en el campo.

Solamente nos separan horas de otro Primero de Mayo. Por la vida misma, no resulta conveniente ir a las calles, pero sería altamente constructivo desde el hogar cultivar la solidaridad con aquellos que en este minuto lo pierden casi todo, incluida la vida ante la mercantilización de un sistema injusto.

Para los hacedores de la obra social y humana más grande, en el mester de multiplicar derechos, mucha falta que hace certificar una verdadera cultura del trabajo. Y reencontrarnos perennemente con el Apóstol, para quien los días de trabajo son los verdaderos días de fiesta.

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