Persiste la Revolución en las narices de los Estados Unidos  

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La canción fija un tiempo de combate en el justo centro de abril. Fue sábado aquel día 15. El Hijo del Hombre no conoció instante alguno de reposo. Para la avanzada miliciana de pilotos y de artilleros, tampoco el sábado resultaba escala de descanso. La Revolución conjuga sus horas en tiempo de alerta, en la siempre peligrosa cercanía del enemigo.

No habría happy week end en el orden combativo de los dispuestos a defender la obra social y humana más grande de la historia. Pero la agenda de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), no contemplaba el menor intersticio para un eventual punto de última hora, ante la lógica protesta de Cuba.

El Canciller de la Dignidad, Raúl Roa García, libraría allí otra de sus memorables batallas diplomáticas. No pasaba inadvertido para los funcionarios yanquis que aquel gigante del pensamiento a contracorriente, de ejercicio perenne en la polémica, estaba algo indispuesto de salud por esos días. Y tendría, de paso, que vencer entuertos en las normas formulares de ese mecanismo multilateral.

Otro detalle: en la megápolis norteamericana, se encuentra la sede de la ONU. Para muchos, constituye casi un suceso apabullante esa condición de diócesis del mundo de la Gran Manzana “fabulosa”. Roa tendría que hacer lo impensable para tantos: cargar contra el imperio en su propia casa.

Aquel hombre supo levantarse del malestar físico en un día particularmente complicado para la verdad con ganas de discurrir, para confirmar en el plano de la guerra de pensamiento (la más grande que se nos hace, como escribió el Apóstol), que la Revolución en Cuba no se iría a bolina otra vez.

En notas que poco a poco fueron trascendiendo con el pulso impenitente del reloj, el representante yanqui en la ONU, Adlai Stevenson, reconoció su derrota en el lance discursivo con aquel soldado de la palabra.

“Esta es la agresión”, exclamó conclusivo el Comandante en Jefe ante el zarpazo con que el águila imperial pretendió arrancarnos el alba de aquel sábado de primavera. Incansable lector de la sucesión de instantes en el día, pronto intuyó el ataque inminente. Como establecen las reglas del poeta y del orfebre, cada pieza ha estar en su estricto sitio: Raúl en Oriente; Almeida en el Centro; el Che en el Occidente; Guillermo García en el cuerpo táctico de Managua; Ramiro Valdés a cargo de los Escudos Invisibles, y Fidel en el Estado Mayor General, en el Punto Uno, en el mismo corazón de La Habana.

Y aquí se hace necesario un paréntesis. Desde el inicio de la epopeya, fue preocupación de los compañeros la integridad física del carismático líder. Ante la realidad durísima de su destino, Abel Santamaría, lúcido y heroico, dijo tal vez como última voluntad, que Fidel era quien debía vivir. Y en la Sierra Maestra, otros cerraron filas para que no concurriera en el área del combate. Tras la victoria, se le sugirieron puntos más seguros en cada circunstancia comprometedora. No fue posible. Siempre escogió la trinchera de mayor peligro en cada minuto dramático de esta historia.

Despacio como el día (la conocida imagen poética), la Revolución fue cobrando otro carácter con la democratización de la educación y de la cultura, con la propiedad en manos obreras y campesinas, con la nacionalización de posesiones y feudos del imperio, con la colectivización por encanto, sin decretos ni ucases como fue práctica revolucionaria en otras partes del planeta.

Aquel sábado 15 de abril de 1961 supuso una inflexión decisiva en el calendario de la emancipación. Como repite la cotidianidad: “Había que decirlo y se dijo”. En Playa Girón se combatió por una verdad sin cortapisas que no se apaga a pesar del cerco, de errores y de ineficiencias. Persiste la realidad de una revolución socialista en las propias narices de los Estados Unidos.

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