Martin Luther King: He visto la tierra prometida

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Abril 1968. En casi 200 ciudades norteamericanas se notificaron incendios y saqueos, aunque la mayor destrucción se verificó en Washington, la capital que supo de las marchas y de la palabra épica del Buen Pastor. Durante varios días, la rabia por el asesinato de Martin Luther King Junior se transpuso en fuego vengador.

Aunque el reverendo era partidario de la desobediencia, siempre apostó por la no violencia para conquistar los derechos civiles. Eso le valió más de una querella con la Nación del Islam y con Malcolm X.

En el famoso discurso Yo tengo un sueño, en la histórica marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad del 20 de agosto de 1963, se despidió diciendo: Vuelvan tranquilos a sus hogares, que de algún modo el cambio va a llegar.

Deseaba una paz interior para sus hermanos, que él no conoció jamás. En la necropsia practicada al cadáver tras su asesinato en Memphis, Tennessee, el 4 de abril de 1968, según el biógrafo Taylor Branch, se ve el corazón como de un hombre de 60 años, cuando solo contaba con 39.

En el justo centro del pecho, como guardadas bajo llave, el hombre encerró las cuitas de siglos de exclusión y de injusticia que aún sufren sus hermanos.

En las referencias se cuenta del stress al que se expuso durante 13 años de luchas, de los millones de kilómetros recorridos, de sus aproximadamente 2500 comparecencias en público, tantas de ellas, bajo la amenaza de asesinato, del acoso terrible del FBI, de las 20 ocasiones en que fue arrestado por la policía, de las agresiones físicas que sufrió.

Evidencias: un camino aun por descubrir

En la Administración Nacional de Documentos y Grabaciones, se conserva todo el patrimonio sonoro y transcripto, resultado del continuo chantaje del FBI, que pretendía desprestigiarlo, y que no podrá consultarse hasta el 2027, allí, en el país campeón de la democracia, de la justicia y de la libertad.

Ni siquiera el crimen quedó suficientemente esclarecido. El presunto asesino de King, un pequeño atracador, se declaró culpable para evitar la pena capital.

Ni los exámenes balísticos probaron nada, ni los disparos provinieron de los apartamentos mencionados, sino de un matorral curiosamente cortado días después del crimen.

El hombre murió en prisión, mientras exigía un nuevo juicio. En tanto, la viuda de King entabló un proceso contra un tal Loyd Jowers, quien había admitido una conspiración para matar al reverendo con la participación de agentes federales.

Hasta donde admite el FBI, dos días antes del asesinato, se le estaba interviniendo el teléfono a King. En el momento mismo del crimen, lo estaban vigilando. (Agentes del FBI fueron los primeros en acudir tras los disparos.)

Estaban en marcha ya dos programas de rumores y de desinformación para (como sus propios autores decían) desacreditarlo ante los pobres negros cuyo apoyo busca.

El día antes de morir, le dijo a un amigo que no era tiempo de colgar los zapatos de marchar. Hay quienes creen que los levantamientos de aquellos días de abril de 1968 fueron iluminadores. Declarar festivo el tercer lunes de cada enero en homenaje al reverendo asesinado, constituye una jugada política, tan hábil como cínica.

Como el Cristo, Martin Luther King Junior habría anunciado su destino aquel propio día, vísperas de su Pasión: He estado en la cima de la montaña, y he visto la Tierra Prometida.

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