La toma de Las Tunas en 1876: un poco al margen de la gesta

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Septiembre de 1876 radica una de las acciones más brillantes de las armas cubanas a lo largo de toda la epopeya decimonónica: la toma de Las Tunas por tropas al mando del Mayor General Vicente García González. La cultura de la comarca la fijó en su itinerario, a manera de orgullo de sus lugareños y componente de identidad.

Tantos años después, el jefe de la acción conserva el linaje de entonces: ser el patriarca del pueblo a pesar de la descalificación numerosa de la historiografía tradicional. El autor de aquella obra maestra reconocida por sus coetáneos, admirado incluso por enemigos personales, era un caudillo en la acepción más exacta, sin la carga peyorativa que le impusieron después.

Para concretar aquella página extraordinaria de hace 145 años, El León de Santa Rita tomó nota de combates precedentes. En su Diario de Campaña, lógicamente menos conocido que otros de su tipo, aparecen juicios muy críticos sobre las acciones de abril de 1874 en San Miguel de Nuevitas y en Cascorro, en la provincia de Camagüey.

En sus notas, confiesa sufrir amargamente ante las tropelías contra la población civil, cometidas por combatientes subordinados al Generalísimo Máximo Gómez Báez. Y en reflexiones consigo mismo, escribió que jamás fue partidario de ataques a poblados, ante el peligro real de semejante espectáculo. Como se sabe, con un servicio eficiente de contrainteligencia mambisa, Vicente García González convirtió el asalto contra los convoyes españoles en su especialidad.

Y no solamente para el botín. Un agente suyo en la plaza de armas de Las Tunas, el sargento de la Comuna de París Charles Philibert Peissot (castellanizado Carlos Peiso), le entregó la información suficiente para concebir su plan de ataque en septiembre de 1876. Y tomó las previsiones necesarias para evitar excesos.

En la historia quedaron registradas todas las orientaciones para la batalla inminente, donde la primera fue precisamente que las familias del pueblo eran amigas. Quien saqueara a algún pacífico, sería pasado por las armas. Él mismo se encargó de decirlas en su tono personal tranquilísimo.

La tradición sostiene que hablaba siempre muy bajo, casi como un susurro, con una sangre fría conmovedora. Tal vez consciente de eso, el hombre repetía las órdenes, aunque dicen que el oído de los suyos estaba bien habituado a aquel metal de voz casi inaudible, pero de una firmeza legendaria.

La historia, a pesar de todo, es bastante conocida aunque no tenga el debido sitio en los manuales docentes. Al amparo de la noche, los muros se horadaron y las puertas amigas se abrieron al heroísmo. Una a una fueron cayendo trincheras de la periferia, en operaciones comando de los Cazadores de Hatuey.

Los cubanos concurrieron con el torso desnudo. En combates cuerpo a cuerpo, descargaban el machete en la oscuridad a todo aquel que llevara camisa. Como completamiento de aquella idea de la inteligencia, el cálculo, y el valor, prodigiosamente combinados, los mambises tomaron prácticamente al arma blanca un enclave poderosamente fortificado.

A la hora de hacer el recuento del fracaso tras 10 años de dura lucha, el Mayor General Vicente García González devino el gran culpable. Aún se le acusa de caudillo incorregible, indisciplinado, sedicioso, regionalista, desmoralizante, ambicioso. En correspondencia con aval semejante, la toma de Las Tunas queda un poco al margen de la gesta reconocida.

La acción sacudió a la autoridad colonial en el archipiélago, con resonancias en la propia metrópoli. Pero pesa demasiado el fardo de un mambí que chocó con otros de indiscutible renombre, y que según criterios post mortem, fue el jefe nefasto en la Guerra Grande.  Así y todo, hecho costumbre en la Villa de San Jerónimo, permanece el capítulo glorioso en el corazón de la gente, consciente de una tierra-testigo al sur de sus pasos.

 

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