La operación Carlota

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Jamás la Revolución Cubana abandonó a uno solo de los suyos, como tampoco antes ni después del triunfo de enero de 1959 renunció al principio de la solidaridad con sus hermanos del mundo. El inicio de la Operación Carlota el 5 de noviembre de 1975 se inscribió en esas premisas indeclinables.

Ante el reclamo del Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA), instructores cubanos llegaron meses antes al territorio sudoccidental africano, para colaborar con las incipientes fuerzas armadas en el preludio de la proclamación de la independencia por aquel proyecto de unidad nacional dirigido por el doctor Agostinho Neto.

No era tarea de esos cooperantes cubanos hacer la guerra, ni mucho menos. El número limitado de ellos lo demuestra. También la cantidad de puntos seleccionados: el entonces Salazar, Benguela, Saurino y Cabinda. Pero un peligro mortal se cernía sobre la nación a punto de nacer.

El plan imperialista contemplaba desmembrar al país. Con el apoyo del gobierno del entonces Zaire, el agente de la CIA de los Estados Unidos, Holden Roberto, cuñado del déspota Mobutu Sese Seko, creó un gobierno paralelo en Carmona.

El autoproclamado Frente para la Liberación del Enclave de Cabinda (FLEC), pretendía la separación de esa región norteña. Con el apoyo de los colonialistas portugueses en retirada, Jonas Savimbi, concebía planes secesionistas.

Pero el golpe mortal vendría del agresivo vecino meridional. Tropas regulares de Sudáfrica avanzaron desde la Namibia ocupada, cruzaron la frontera en agosto de aquel 1975, con el burdo pretexto de proteger las presas del complejo hidroeléctrico Ruacana-Calueque.

Angola estaba condenada a morir antes de arribar al concierto de los países libres. Y en desigual combate, cayeron los primeros instructores cubanos. La Operación Carlota supuso una acción rápida y contundente, que revirtió efectivamente aquel panorama adverso.

Operó entonces el azar concurrente del que hablaba José Lezama Lima. El 5 de noviembre de 1843, Carlota, una negra esclavizada del ingenio Triunvirato en Matanzas, apareció en el liderazgo glorioso de una sublevación contra ese crimen histórico  del poder colonial.

Para Fidel, Raúl, y los demás compañeros reunidos aquel 5 de noviembre de 1975, la colosal empresa de solidaridad debió de coronarse con un nombre de homenaje que significara la común historia.

La decisión tomó por sorpresa a todo el mundo. El todopoderoso Henry Kissinger admitió luego que se enteró cuando las tropas cubanas se encontraban ya en el escenario de los combates decisivos. La dirección soviética fue notificada oportunamente.

Al fin y al cabo, con armamento de la URSS se librarían las acciones, aunque el gigante amigo euroasiático era como norma bastante reticente con aquellos actos que a su juicio comprometieran la percepción de Moscú de la coexistencia pacífica con los Estados Unidos y sus aliados.

Fue una proeza extraordinaria del pueblo cubano. La idea era luego la retirada gradual. La perenne amenaza de la Sudáfrica racista y sus mercenarios lo impidió. Terminó siendo un sacrificio distendido. A lo largo de 15 años, murieron allí más de dos mil compatriotas en combate, en accidentes y por enfermedades.

Tras la victoria en Cuito Cuanavale por un descomunal esfuerzo de la Revolución, se disipó el peligro definitivamente. Namibia logró su independencia, y cayó el oprobioso régimen  del apartheid.

El enemigo ha pretendido silenciar la epopeya. La Operación Carlota vibra en la memoria agradecida de un continente entero, como lo que fue: una página hermosa y brillante del más límpido internacionalismo.

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