La fotografía más famosa de la contemporaneidad

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El artista cubano Alberto Korda fue el autor de la fotografía más famosa de la contemporaneidad. La tomó el 5 de marzo de 1960, en la esquina de 23 y 12, en El Vedado capitalino, en el acto de despedida de duelo del centenar de víctimas del atroz atentado contra el vapor francés La Coubre, surto en el muelle de Tallapiedra de la rada habanera.

Entonces, la instantánea no trascendió. Fue el día del parto de la decisión de ¡Patria o Muerte! Los periódicos reprodujeron otras imágenes: la célebre cadena de brazos entrelazados de la dirigencia de la Revolución, y aquella en la cual aparece Fidel con los detonantes en las manos, para demostrar que no explotaban como consecuencia de alguna caída, o de choques eventuales entre ellos.

La fotografía Guerrillero Heroico cobraría dimensión mundial solamente siete años más tarde, tras la caída en combate y ulterior asesinato del Comandante Ernesto Che Guevara en octubre de 1967 en Bolivia, donde se había concertado un proyecto liberador latinoamericano y caribeño, de solidaridad con la causa de otros pueblos del planeta, y muy puntualmente del vietnamita, agredido en esos momentos por el imperialismo norteamericano.

Korda confesaría luego las incidencias de aquella tarde fría y triste, cómo el lente recorrió una y otra vez la presidencia del acto, el gesto impresionante del Comandante argentino-cubano, la acción sobre el obturador. El autor confesaría en más de una ocasión cuánto lo impactó el rostro firme, grave, que parece decir toda la emoción del mundo.

Nadie se desentiende tampoco de la mirada del Che. Quienes lo conocieron hablaron más de una vez de esa intensidad. Hasta su verdugo en la escuelita de La Higuera, el suboficial Mario Terán, describiría luego esa misteriosa energía que radicaba en sus ojos. Debe de haber sido la misma expresión, cuando le dijo, entero, sin tacha y sin miedo, como lo describe el poema: “Póngase sereno y apunte bien, que usted va a matar a un hombre”.

El ensayo, tanto el artístico como el del orden histórico-social, inscriben frecuentemente la palabra indispensable en torno a la fotografía de Alberto Korda. En uno, se remarca la capacidad del autor de lograr la imagen a partir de los cuantos de luz de aquel 5 de marzo de 1960. En el otro, la suerte de lograr el perfil de un símbolo.

En efecto, la obra resulta un registro impecable de la gama de grises. Aparece en el catálogo clásico del ensayo fotográfico, aunque en honor a la verdad, el resultado conocido es también hijo de la intervención. En ese sentido, clasifica igualmente en el concepto de fotografía contemporánea. Como se sabe, de la imagen original, se descarta otra silueta humana y el brevísimo follaje de una palmera.

En cuanto al tema de las ciencias sociales, a la propia historia, la fotografía Guerrillero Heroico, de Alberto Korda, supone casi una tormenta infinita de ideas. El Che venía de la experiencia de Guatemala, donde la compra de un lote de armas en el entonces campo socialista del este europeo, fue un pretexto oportunista del imperialismo para azuzar el peligro rojo en las Américas y aplastar al gobierno progresista de Jacobo Arbenz.

¿Por dónde volaba el pensamiento del Che en ese instante de la fotografía? Sería imposible precisarlo ahora. Él, usualmente parco, era más bien de sentires entraña adentro. La zarpa del enemigo se cobraba un centenar de vidas. Pero el ataque terrorista contra La Coubre, guardaba una curiosa interconexión con aquel capítulo en el país centroamericano.

El gobierno de los Estados Unidos, ensayaba la misma guerra psicológica que liquidó el proyecto popular en la patria del quetzal. Cuba recababa las armas para su defensa en el occidente de Europa. Los británicos, por ejemplo, se negaron a vender aviones ante la presión norteamericana. El alijo bélico transportado en el barco francés se compró en Bélgica.

Hasta hoy, el gobierno yanqui se niega a desclasificar los archivos sobre la tragedia en el fondeadero de Tallapiedra, pero las evidencias son demasiado elocuentes. Nadie mejor que el Che para comprender aquel panorama complicado, pero con un camino previsible hacia el bloque soviético, en plena Guerra Fría. Él, precisamente él, con una sólida formación marxista, conocida por amigos y por enemigos.

Como si intuyera el valor de aquella imagen, Korda puso a buen recaudo el negativo y la cámara con la cual la logró. El destino del Che, la universalidad de su lucha, la perdurabilidad de la Utopía, reiteran la vigencia de la fotografía tomada aquel 5 de marzo de 1960. Y sigue siendo una especie de emblema de identidad revolucionaria que el paso del tiempo no solamente no logra desfasar, sino que crece, que sigue inspirando en el siglo XXI.

 

 

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