La Constitución de Baraguá

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Cada coyuntura histórica a lo largo de la epopeya, denotó la necesidad de constituirse. Martí escribiría años más tarde que bajo aquellos mangos del Oriente, aconteció una de las páginas más gloriosas de la historia de Cuba. Y para apegarse nuevamente a la vida, la República en Armas se debió dar a sí misma otra ley de leyes que la atemperara con aquellas circunstancias tan difíciles, tras 10 años de cruenta lucha.

En Baraguá se redactó la más breve y tal vez la menos conocida de las constituciones cubanas. Puño y letra de Fernando Figueredo Socarrás, el texto resulta una pieza formidable del patrimonio documental del país. Su condición de secretario en aquella junta patriótica, extiende en el tiempo ese testimonio junto a la definición (tema-problema de la historiografía) de la Revolución a la guerra iniciada en octubre de 1868.

La Constitución de Baraguá se pareció  a aquel instante crítico en que tras el Pacto del Zanjón del 10 de febrero de 1878, capitulaban unos tras otros muchos jefes del Ejército Libertador. No eran los días de Guáimaro, cuando la caída de Bayamo –si bien redujo las posibilidades de la tendencia cespedista—no implicó un golpe mortal. Quienes concurrieron en Baraguá a mediados de marzo de 1878, trataron de salvar el sueño de la independencia de aquella herida en el justo centro del pecho de la Patria. Los tribunos concibieron en Guáimaro una constitución de 29 artículos. En Baraguá fueron solamente seis, donde explícitamente se consignaba el carácter provisional de los poderes emanados de la Protesta de Maceo y sus compañeros.

En el primer artículo de la Constitución de Baraguá se reiteraba la idea de la Revolución. Usualmente se denota la condición de soldados de aquellos constituyentes. Y que aquellos escasos seis artículos se correspondían puntualmente con las condiciones de guerra. En la bibliografía al uso, se apuntarán luego los términos Guerra de los Diez Años, la Guerra Grande, la Guerra Larga, la Guerra Prolongada. Pero en la voluntad de constituirse, aquellos hombres insistieron una y otra vez en la palabra Revolución. Y volvió a expresarse literalmente que la paz se haría solo bajo las bases de la independencia.

El documento suscrito el 16 de marzo de 1878, fue una contundente respuesta histórica al Convenio del Zanjón, donde no solo se negaba el ideal de libertad tras 10 años de heroica proeza. En el indigno trato con el enemigo, se definió al esfuerzo independentista como un delito político. No era una simple capitulación. La gente del Zanjón aceptó criminalizar la gesta por la cual se había derramado tanta sangre. Lo que se defendió en Baraguá, y se refrendó al día siguiente de la Protesta, salvó de la ignominia hasta a aquellos que firmaron el acuerdo con el gobierno de España.

A la sombra de aquellos mangos del Oriente cubano, la derrota se transpuso en tregua como más de una vez se ha dicho. Fidel dijo en otro momento particularmente duro y complicado, que el futuro de nuestra patria sería un eterno Baraguá. A esa idea, habría que añadir una curiosidad histórica recogida por la inolvidable historiadora Hortensia Pichardo: la Constitución de Baraguá no fue derogada nunca.

 

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