Guernica: la ciudad, el crimen, la obra

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Un día de junio de 1937, Pablo Picasso concluyó el famoso cuadro Guernica. Le llevó 35 días hacerlo. El genial artista decidió que en tanto no se restaurara la democracia en España, la pieza tampoco regresaría al país. Cinco años después de la muerte del general Franco, tras itinerarios numerosos, llegó a la península otra vez. Para muchos se trata de la obra más importante del siglo XX.

El gobierno de la República quería un trabajo del prestigioso creador malagueño para la Exposición Internacional de París. El encargo fue anterior al brutal bombardeo de la Legión Cóndor alemana el 26 de abril de aquel propio año. La dura realidad de la guerra supuso el tema inspirador.

A cada rato, la historiografía hurga en las razones de semejante ensañamiento contra la ciudad vasca. El fascismo probaba en el escenario español las armas de su cruzada por la conquista del mundo, desde una ideología brutal que contemplaba el genocidio de pueblos enteros.

Guernica estaba en 1937 en manos de la República. Según las fuentes, allí permanecían activas tres fábricas de armas. El atroz ataque no reparó en distinciones. Allí murieron 126 personas. Otras tantas sufrieron heridas. El testimonio fotográfico refiere la cruel devastación de la comarca.

El mural de Picasso transita por otro camino de la creación. Transita por el cubismo, aunque el autor se circunscriba al blanco, al negro y a la gama de grises de la fotografía tradicional. No quiso retratar el crimen, sino más bien fijarlo en la eternidad de los símbolos. Cada uno de ellos resulta polisémico a la luz de la crítica: el toro, el caballo moribundo herido por una lanza, la mujer atrapada en un edificio en llamas, el guerrero caído, la madre con el hijo muerto.

Guernica se torna universal por los valores que defiende, por los signos artísticos, y por integrar cualquier tiempo. Por la pieza pasan los frontispicios de los templos griegos y los tímpanos romanos, a la manera de un Renacimiento nuevo, ante la amenaza fascista. Pero ahí estarán el heroísmo y la lágrima, la muerte y la esperanza, por las que aún permanece milagrosamente viva la utopía.

Al estudio de Picasso concurrió cierta vez un personero del nazismo. Llevaba en sus manos una postal con la imagen de la obra. ¿Fue usted el que hizo esto?, le preguntó. La respuesta fue rápida, contundente, categórica: Fueron ustedes.

Es posible que el crimen y la propia obra, contribuyeran a la militancia política de Picasso, invariable hasta el último de sus días, el 3 de abril de 1973, allá por los Alpes Marítimos del sur francés. Límpido y noble, su fe comunista no naufragó a pesar de las siniestras lagunas del stalinismo.

Ni la inspiración antimonárquica, ni el credo ideológico, impidieron que fuera tras los años pieza significativa en los fondos del Museo Nacional de Arte Reina Sofía de Madrid. Desde 1981 forma parte de su exposición permanente, a manera de edición crítica, con los bocetos preparatorios y con otras variaciones relevantes después de concebida.

El extraordinario artista realizó el cuadro tras centenares de estudios, para casi no dejarle margen a la improvisación. No lo firmó ni le consignó la fecha, aunque como se sabejamás negó su autoría. En tantas partes se baraja una eventual pretensión atemporal, para que el paso de los años no lo desfasara. No creo que fuera esa la intención.

Guernica me recuerda la idea del viejo poeta de mi pueblo de cantar, como si estuviera ausente el oído de la voz. Es decir, facturar una pieza polifónica, extendida y compartida. Así debiéramos ver y hasta escuchar en hermosa sinestesia al trabajo trascendental de Picasso, confirmación heroica del arte comprometido con la justicia y con la memoria, donde aún se advierten la explosión, el llanto, y el réquiem por la inocencia.

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