Enfrentando las deudas eternas desde el Sur

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La historia de la Modernidad tiene dos caras: por un lado, es una historia de revoluciones y luchas por los derechos. Pero, por orto lado, a la vez está plagada de violencias, de injusticias y de abusos. Muchos de los filósofos políticos ilustrados e incluso héroes de la Independencia eran esclavistas en su época.

Las declaraciones de derechos -en línea liberal de derechos- excluían a mujeres y hombres no-blancos, pueblos indígenas y pueblos afros. La misma noción de la Europa conquistadora potenció la masacre, el saqueo y la explotación de trabajo gratuito. En tanto que se fue expandiendo la voracidad por acumular valores abstractos, se fueron marginando otros horizontes civilizatorios en las comunidades humanas y también las relaciones de armonía con la Madre Tierra.

Las Diversas relaciones de dominación subyugaron a las mujeres, a la naturaleza, a los pueblos en cuyos territorios habían “recursos” acumulables. Deudas diversas comenzaron a forjarse a lo largo del tiempo. Deudas que, de una u otra manera, reflejan estas estructuras de dominación.

Las desigualdades e inequidades se plasmaron de formas múltiples. Todo ese entramado de poder desembocó en la apropiación y subordinación de trabajadores y trabajadoras, de campesinos y campesinas, en la separación entre trabajo considerado “productivo” y otro considerado “reproductivo”, normalmente no remunerado. Así se establecieron violentamente esferas de lo femenino y lo masculino, y una separación entre sociedades humanas y la naturaleza en la que éstas están insertas.

La idea de “raza” sirvió para justificar “científicamente” la explotación diferenciada al trabajo de personas negras, indígenas o de color, expandiendo así el poder imperial por el mundo y estableciendo formas de control de los cuerpos y subjetividades diferentes para cada grupo y género humano.

Hubo épocas en las cuales las mujeres, los indígenas y los negros no tenían alma… al menos para el discurso del poder. Desde entonces hasta hoy, patriarcado, clasismo y racismo han sido de las más arraigadas y eficaces formas de dominación social, material, psicológica y por cierto política. Y con esas formas de dominación se consolidó la expropiación de tierras y el saqueo de la naturaleza, a costa del exterminio de millares de pueblos, con sus conocimientos, lenguas, culturas.

La apropiación de trabajo esclavo, forzado, además del despojo de materiales que nutrieron la industrialización de las potencias coloniales, devino en una gran deuda histórica de los países centrales del sistema mundo capitalista con estas periferias desangradas; para mencionar un ejemplo, se estima que Gran Bretaña habría obtenido unos 36 millones de millones de libras esterlinas en todo el período colonial.

Ese saqueo dio vida al capitalismo que, desde entonces, se sostiene con la explotación laboral, con la precarización del trabajo, con la invisibilización del trabajo del cuidado y sostenimiento de la vida, con la ocupación y destrucción de los bienes comunes, y con el desprecio de todo aquello que no pueda volverse mercancía.
En la actualidad, como resultado de tanta explotación y violencia, el planeta está en crisis, con desastres vinculados a un colapso climático cuyo origen no es natural. Lo que configura otra deuda eterna. No se trata de una simple deuda climática.

La deuda ecológica encuentra sus orígenes en la expoliación colonial –la extracción de recursos minerales, las plantaciones o la tala masiva de los bosques naturales, por ejemplo–, se manifiesta tanto en el “intercambio ecológicamente desigual”, es decir los siglos de transferencia de bienes naturales del Sur al Norte global para alimentar los procesos industriales con “materia prima”, como en el “aprovechamiento gratuito del espacio ambiental” de los países empobrecidos por efecto del estilo de vida depredador de los países industrializados.

Con el tiempo, las industrias más contaminantes, los monocultivos más invasivos y la basura tóxica se han trasladado a los países periféricos y dependientes. A lo anterior cabe añadir la biopiratería, impulsada por transnacionales que patentan en sus países de origen múltiples plantas y conocimientos indígenas: ya no solo se saquean metales preciosos, se saquea hasta el alma de los pueblos expresada en su conocimiento ancestral.

En esta línea de reflexión también caben los daños provocados a la naturaleza y a las comunidades sobre todo campesinas, con las semillas genéticamente modificadas, para citar un caso.
Por eso bien podemos afirmar que no solo hay un intercambio comercial y financieramente desigual, como plantean las teorías de la dependencia, sino que también existe un intercambio ecológicamente desequilibrado y desequilibrador (incluso en términos de los flujos de materiales que transitan de unas partes del planeta a otras).

En suma, hay una deuda ecológica de la Humanidad al conjunto planeta, pero hay que destacar que son las élites los mayores causantes de esos destrozos. Como referencia cabe notar que solo el 10% más rico de la Humanidad causa la mitad de las emisiones de CO2 que están a raíz del calentamiento global; mientras que la mitad de los habitantes del planeta -los pobres- son responsables de un 10% de dicha emisiones.
En la actualidad, de lo que se trata es de recuperar las posibilidades de que la especie humana se mantenga en el planeta, ya no como una plaga o una pandemia, sino como parte de las relaciones de armonía y cuidado de la casa común y de todas las formas de vida que aquí nos acompañan. Eso implica proteger selvas, territorios, mares, pero además transformar nuestros modos de vida, nuestras relaciones y nuestras formas de producción y consumo.

Para mantener el modelo dominante, se desarrolló un sistema económico sostenido en la expansión del capital financiero, que no solo se difundió con el comercio, sino con inversiones y créditos. Bajo el mandato de buscar el “desarrollo”, en el mundo se expandió un modo de vida, con sus formas de producción y de consumo, que apunta a sostener a cualquier costo las ruedas de acumulación del capital.

Un modo de vida irrepetible a escala planetaria, ya que solo se puede sostener para una minoría destruyendo los hábitats y modos de vida otros en los sures del planeta. Pese a ello, cada vez más, se quiere fortalecer la vorágine consumista empujándonos masivamente hacia crecientes endeudamientos tanto individuales como a nivel de gobiernos que generan dependencia, destruyen la autonomía personal y las soberanías, destrozan los lazos comunitarios y de convivencia humana y con el resto de formas de vida; las élites que construyen fortunas vertiginosas en base a este sistema quieren que les sigamos suministrando recursos naturales, sin importar la destrucción que provocan los extractivismos; quieren que seamos mercado para sus productos, sin permitir que encontremos nuestras propias formas de organización productiva.

Esas mismas élites hasta quieren que recibamos sus inversiones, sus créditos e incluso su “ayuda al desarrollo” para que sigamos condenados a suministrarles Naturaleza, trabajo e incluso capitales. Así quieren mantener su bienestar a costa de nuestras miserias. Y todo esto teniendo como potente palanca de dominación la entrega de financiamiento vía inversiones extranjeras y vía endeudamiento financiero; en total fluyen como inversiones, créditos y “ayuda al desarrollo” cerca de 2 millones de millones de dólares al año del Norte Global al Sur Global, pero regresan al norte en forma de diversas transferencias vinculadas a los flujos mencionados o por fuga de capital o evasión tributaria por unos 5 millones de millones (trillions en inglés).

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