En las manos de Quintín, las llaves de su historia

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Llevaba José Quintino algo del signo del mártir cristiano de su nombre asesinado en el año 287 después de Jesús. San Quintín habría escapado ya una vez del peligro, pero luego sería asesinado y ultrajado. El General Bandera sucumbió víctima de la celada, a tiros y a machetazos, sin el más mínimo miramiento a su hoja de servicios por Cuba.

Como los hombres de su origen humilde, recorrió la escala jerárquica del Ejército Libertador desde la condición de soldado. A golpe de audacia, fue escribiendo su propia leyenda a lo largo de aquellos 10 años gloriosos y difíciles. Y creció al lado de otros nombres que le dispensaron la escuela de la guerra, para iluminar el suyo entre los indispensables de la epopeya decimonónica que aún asombra al mundo.

En aquella página que el Apóstol definió como “de lo más glorioso de nuestra historia”, en Baraguá, allí, junto al Titán, estuvo Quintín. Y hasta se dice que fue su disparo en la Plaza Las Yerbas en Santiago de Cuba, el que decidió el auténtico estallido de la Guerra Chiquita. El enemigo viola compromisos tras aquel breve avivamiento: la cárcel, la humillación, la perfidia, contribuyen a agriarle más el carácter.

Pero jamás desmaya una vocación que, para muchos, resulta intuitiva. Va a la carga otra vez el 24 de febrero de 1895. Quizá fue el guerrero cubano que más cerca estuvo en la obsesión de arrancar de las manos del enemigo el cuerpo sin vida del Maestro.

Siempre será ejemplo de valor encarar la muerte como costumbre, pero lo será más como jefe de la infantería oriental del Contingente Invasor: no se tiene conciencia real de las distancias, con escasa instrucción, sin una idea exacta de las medidas del planeta, dispuesto a recorrer en peligro un trayecto que le resultaba llegar a un abismo o al mismísimo fin del mundo.

A menudo se recurre a los choques con Maceo, al barrunto momentáneo, la rabia contenida (siempre el instinto), las ganas de cargar contra su propio jefe, pero el patriotismo lo amostaza, lo detiene, lo controla. Del Titán recibirá no pocas reprimendas y correctivos, pero también la felicitación por su espléndido trabajo allá por el Poniente de la Patria.

En la oralidad aún trasciende aquello de preguntar el nombre a los traidores. Y luego el “te ñamabas” de Quintín. A un correo español se le ocupa la carta de un soldado hispano a otro, ya en los tiempos de Weyler: “Ahora nuestros jefes no se andan con chiquitas; a todo el que encontramos por el campo, le cortamos la cabeza”.

Maceo le advirtió al Carnicero de Tenerife en célebre carta sobre las consecuencias de “la senda funesta de la ferocidad contra gentes indefensas y de los asesinatos impunes”. No resulta tarea sencilla ni fácil contener ánimos, salvar la civilidad ante el tanto crimen y el bárbaro machetazo al moribundo Panchito junto al cadáver de Maceo.

Quintín debió de enfrentar también le infamia que tantas veces levanta cabeza en cualquier causa noble, que hiere, que lamentablemente confunde y cobra acciones injustas. Era, por otro lado, un hombre de yerros. ¿Cómo negar su condición de carne y hueso al margen del mito? Y fue un sambenito que lo persiguió hasta el final, en conjunción con el racismo miserable.

Habría que ir a la última palabra de Máximo Gómez que, como en el teatro, es la que más vale. En el documento, en las Memorias de Quintín Bandera, está la absolución del Generalísimo. El San Quintín de la cristiandad devino patrón de los cerrajeros. El General Bandera aún trae en sus manos las llaves de su propia historia, esa bitácora de valor que vino al mundo en Santiago de Cuba el 30 de octubre de 1834, y que aún parece vencer al crimen, a la impunidad, a la mutilación de los recuerdos.

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