El Día Mundial de las Ciudades

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El planeta despide al Octubre Urbano. En definitiva, un segmento importante del talento humano cristaliza en la obra monumental de la congregación: la ciudad. Vivimos el tiempo formal para tributarla. Es el Día Mundial de las Ciudades. El consenso apunta esta vez el papel de la juventud en la tarea de las manos por la sostenibilidad urbana. Se le confiere a la edad del sueño la acción climática y local para cultivar la existencia, embellecerlas, salvarlas.

La fecha recorre necesariamente al pasado. Cada ciudad reúne una pródiga historia donde tiene su fragua de identidad. Ha de ser ella misma, sin parecidos inducidos, hija de su propia sangre, sin calco ni copia de aquellos centros de poder que se erigen dueños de la Tierra, y consiguientemente de los modos, de las modas, de las tendencias. La ciudad deberá cuidarse, por voluntad propia, de la narrativa colonial que pretende cambiarle el rostro, trastocarle el alma, y también el pensamiento y la conducta de sus hacedores cotidianos.

La ciudad sufre en sus contornos la crisis humanística del mundo. Cada retroceso de la inteligencia y de la sensibilidad, el advenimiento de presuntos líderes espirituales, en realidad el non plus ultra de la irracionalidad, de la mediocridad y de la indecencia, resulta una herida profunda en la carne de las polis amadas. Alarma a muchos las grietas enormes en las normas de convivencia, como si el sentido común hubiera dado un paso en falso al borde del precipicio. En la dura contemporaneidad, pareciera que la Oda de la Alegría perdió toda su vigencia, y que aquel viejo optimismo, en que los hombres volverían a ser hermanos, se apagó de una mala vez.

Perdemos un combate por la salud humana al convivir con la basura. Y peor aún: se contamina el alma. Está ya enfermo el espíritu acostumbrado a la inmundicia, que empieza a verlo como algo natural, irreversible, sin remedio.

Resulta un panorama inconcebible, después de haber recibido la gracia del pensamiento emancipatorio, ese que recomienda no solamente contemplar el mundo, sino que se precisa transformarlo. Inspirar, mover corazones, crear conciencia. Por ahí va la obra grande por la ciudad.

El verde vegetal siempre halló un sitio en cada fundación de un centro urbano. La capital de todos los cubanos, la Villa de San Cristóbal de La Habana, emprendió un día la marcha de su campamento original en el sur, para plantar definitivamente la tienda a la vera del Puerto Carenas, con una misa al amparo espiritual de una ceiba. Se sabe que ahí radica el pulmón de una ciudad. Y la mejor arquitectura carga en su morral una guía de arborización, para hacerla funcional, segura. Exactamente, la maravilla.

En el programa docente de otros años, estaba la prioridad de sembrar. Primeramente, se habló de repoblación forestal. Luego de reforestación masiva, como animando a la acción plural para unir otros brazos a la empresa. Parece ahora una práctica perdida. Resulta casi obra de ascetas animar a las generaciones emergentes a dejar esa huella de raíces y ramas como regalo al porvenir. Sí, la cultura del detalle, tan traída y escasamente sentida y asumida.

En cada celebración del Día Mundial de las Ciudades, se escucha el mensaje, escatológico para algunos, de que nuestra casa está en llamas, y que la inacción echa combustible al incendio. Basta aguzar el oído para escuchar el crepitar en los confines más cercanos, a solo centímetros de distancia. A cada rato un libretazo, alguien que hiere el medio ambiente, centuriones artífices del tormento cotidiano, inconscientes del daño que ni siquiera saben lo que hacen.

Este 31 de octubre se ha pensado como un himno de juventud. Se trata de transponer el rapto enérgico en logros. Ya es –por supuesto—protagonista del hoy. Le corresponderá sin falta evaluar mañana el fruto de su quehacer. Es la hora de agradecer a los que construyen, a los que no se cansan a pesar de todo. El Apóstol de Cuba dejó bien claro que “el que desentierra una ciudad merece más aplausos que el que la devasta”.  

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