La Bayamesa en octubre; el Himno siempre

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No fue el género humano el que creó la música. La más bella forma
de lo bello –como la calificó el Apóstol de Cuba—concibió el enigma
que somos. La Bayamesa, de Pedro Figueredo Cisneros (Perucho),
reunió lo hermoso y lo heroico en la hora de arribar el antemural
real y maravilloso al concierto de los libres.
Parece costumbre del suceso épico consignarse en el sino de la
poiesis. Para narrar aquella maquinaria del Olimpo en las escalas
de la Tierra, le fue preciso a Homero hacerlo en el pulso de la lira.
Aquella marcha de tropas bisoñas al mando de Carlos Manuel de
Céspedes, aún se relata en cantos que persisten en las cuerdas del
tiempo.
Dicen que, desde un arpegio de Wolfgang Amadeus Mozart,
transparente, sencillo, pero complicado a la vez, aconteció un
estallido en la madrugada de un día de agosto de 1867 en la casa
del abogado de los lentes octogonales, para que naciera una
canción en amasiato con la marcha, capaz de conmover al corazón
numeroso de la libertad de cualquier época.
José Martí prometería luego conquistar toda la justicia. Aquella
música fue una irrupción comprometida con la independencia y con
la emancipación humana, las dos alas del mismo vuelo en cada
turno patriótico de la intrepidez. Ese clamor cantable, non plus ultra
del delirio en las calles de Bayamo, apareció como un milagro
telúrico que quiere un sitio en el cielo.
Sin que nadie lo dispusiera de antemano, la Madre Historia definió
las reglas del coro para que se repartiera la virtud del pentagrama.
No existe forma más colectiva en todos los discursos de las artes.
Ninguna individualidad consigue reinar sobre otra, a menos que se
sea solista, salido de la propia formación vocal, como un
lugarteniente del director.

Eso mismo llegaría a ser el propio autor, en su lealtad sin límites al
Hombre del Ingenio Demajagua, a pesar de los intentos que nunca
faltaron para negarle la autenticidad del liderazgo. Y la pieza, luego
Himno Nacional de Cuba por derecho de utilidad y de grandeza,
resulta justamente una obra intertextual de capítulos reveladores
por aquellos confines del Oriente.
¿Cómo olvidar que el valle del Cauto, había sido el escenario más
de 250 años atrás de los sucesos que originaron Espejo de
Paciencia, de Silvestre de Balboa, nuestro primer ejercicio literario
con pretensiones de cubanidad, a manera de anticipo de la
hermosa relatoría que una ciudad escribiría sobre las líneas de
siglos?
A pesar de tintes ideológicos diferentes, La Bayamesa, otra con
idéntico título, la de Céspedes, Fornaris y Castillo, desgrana en una
ventana abierta al amor las glorias pasadas de una comarca que
sabrá fundarlas al precio de su sangre. Y otra, Mujer Bayamesa, de
Sindo Garay, dirá más tarde que esa ternura femenina puede
transponerse en el incendio de su propia casa, sacrificio de su
mismo corazón.
A la gesta no le faltará jamás la música que discurre en el alma de
cada hijo de Cuba, todos poetas de la más límpida y exacta
oralitura, aunque tantas veces se desconocieran los signos físicos
de la lengua. Entre carga y carga, en el campamento mambí habría
un lugar para la poesía que aún vaga como un susurro de caminos,
y para la guitarra popular, génesis perenne de rasgos nuevos en las
tardes de familia.
Como se sabe, la canción protesta, de la rosa y de la espina,
mantuvo esa vocación que prendió en las almas desde aquel
octubre de 1868 en las calles de Bayamo para no apagarse jamás,
para conferirle nombre de pueblo al mártir, que es la hermosa forma
de honrarlo, de amarlo, de no olvidarlo.
Perdura la dignidad como fuente de vida eterna. La ratifica sin falta
ese canto de todos, inmenso y estremecedor, validado con la propia
sangre de Perucho, íntegro y valeroso frente a sus verdugos, hecho
mensaje en tanto subsista lo cubano: no temerle a la muerte
gloriosa, porque “morir por la Patria es vivir”.

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