El nacimiento de un gigante moral

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Habría que ir una y otra vez al plan de Fidel y de sus compañeros, para asaltar la segunda fortaleza en importancia militar en Cuba. Creo que fue una obra sorprendentemente exacta. El revés no puede ser el medidor de la eficiencia o no de lo que se concibió en el orden estratégico en dos ciudades del entonces Oriente del país, para aquel 26 de julio de 1953.

La guardia cosaca, una especie de ronda adosada a la rutina del Cuartel Moncada en aquellos días del carnaval, supuso un choque inesperado. El propio jefe de la acción diría luego que la reacción apresurada frente a ella obedeció a la falta de experiencia combativa. Aquel inconveniente de último minuto pudo ser remontado.

Lezama hablaba del azar concurrente. En algún momento posterior, hasta se hicieron los cálculos: 45 segundos antes ó 45 segundos después, no hubiera coincidido con la llegada de los asaltantes. Es casi seguro que, si los jóvenes se desentienden de aquel grupo móvil, la confusión en las filas del ejército habría seguido su curso. Y ya la Posta 3 estaba en manos de los revolucionarios.

En más de una ocasión, ya Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, con el ejercicio estratégico de brillantes páginas internacionalistas, Fidel dijo que, de proyectar nuevamente la toma de aquel objetivo en Santiago de Cuba, el plan habría sido el mismo. Sería un fascinante recuento, estudiar su capacidad creadora para leer las tradiciones combativas de Cuba y de otras partes del mundo.

Los preparativos acontecieron en las condiciones más difíciles. El zarpazo usurpador del 10 de marzo de 1952 disparó una natural rebeldía, sobre todo de la juventud. A pesar de las maquinaciones del sátrapa usurpador para conferirle legalidad al régimen, la inconstitucionalidad era un rasgo evidente.

Era lógico que la represión alcanzara cotas terribles. Y que la policía secreta le dispensara más tiempo y recursos a la tarea de la delación.

Poco después de arribar a Nueva York en enero de 1880, Martí se refería en un discurso sobre la prioridad de los Escudos Invisibles para detener la labor de zapa del enemigo. Sorprende la capacidad de Fidel y de los suyos de reclutar, reunir, entrenar y trasladar a más de un centenar de combatientes hasta el mismo escenario del combate sin ser detectados. Fue una página formidable de compartimentación.

El 26 de julio de 1953 anuncia un liderazgo que soluciona desde la eticidad viejas polémicas en el seno del movimiento revolucionario del mundo. Stalin, por ejemplo, consideraba lícito arrebatar el dinero de los poderosos depositado en los bancos, para sufragar la emancipación de los pobres. En el curso de la Causa 37 quedó demostrado cómo se reunió centavo a centavo el modesto capital para encarar las necesidades del movimiento.

Y otro principio invariable: la Revolución de Fidel jamás comulgó con el magnicidio. Una operación comando de solamente una escuadra de aquella vanguardia, bastaba para enviar al tirano para el otro mundo. La Generación del Centenario siempre tuvo clara la misión: cambiar al país y no ejecutar a un hombre.

Aquellas horas previas atesoran líneas de límpida vocación y de profundo humanismo. Sobre la mesa estuvo la propuesta de arrestar en sus casas a los principales jefes del
Cuartel Moncada. Luego la historia confirmó que eran fieras sedientas de sangre. Eso casi abriría las puertas del enclave. Para Fidel, resultaba irrenunciable ser humanos en la lucha. Una herida en cualquier hogar, una tragedia en presencia de la familia, era sencillamente inadmisible.

En el alegato de autodefensa La Historia me Absolverá aparece ese catauro de grandeza. Incluso la posibilidad de sublevar al pueblo. Había condiciones favorables para hacerlo. Y la chispa emocional para el estallido. Hasta parece un rasgo jacobino, de virtud inmaculada. Robespierre pudo insurgir la comuna el 9 Termidor para salvarse, pero no lo hizo. Tampoco Fidel quiso revertir la dura prueba de aquellas horas al precio de la sangre. En un parto de dolor insondable, le había nacido a la Patria un gigante moral.

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