Romeu: unas manos que hicieron historia

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Primeramente, fue El Bizco de La Diana. La adolescencia parece fecha demasiado temprana para descubrir talento. Entonces nadie creyó estar ante un chico prodigio. O tal vez los oídos no estaban suficientemente avisados y alertas para aquilatar aquel piano que, desde una proverbial humildad, pretendía conquistar el mundo.

El consenso subrayaba a un ojo fuera del centro óptico del jovencito, pero no todavía el virtuosismo en ciernes de unas manos que harían historia. El mote contribuye ahora a recordar al Café y Restaurante de calle Reina número 11, esquina a Águila, en La Habana, donde se inició la saga reconocida de Antonio María Romeu Marrero.

Asiduos sin nombres conocidos, que reservaban los servicios de aquel lugar, atraídos por la publicidad de la mejor y más barata comida de San Cristóbal, serían el auditorio iniciático de una leyenda del célebre universo sonoro del archipiélago más musical del planeta.

Muchos aseguran que la percusión fue históricamente la última carta de la baraja. Pero desde el mismo comienzo de su carrera, hasta consagrarse como El Mago de las Teclas, este autor de la Cuba profunda se hizo acompañar de un güiro como pacto de suerte con el latido de su tierra. Y otros intérpretes harían luego exactamente lo mismo. Nacía así el maestro. Era ya camino. Estaba definitivamente en el canon.

Desde su mano, la famosa charanga francesa cobró un sentido criollo. El sino de Romeu sería siempre el danzón, aunque poco a poco dejara de ser la moda. Así y todo, su orquesta fue una concurrencia de géneros, de estilos, de experiencias de otros formatos, que obraron en síntesis de un suceso sonoro-danzario considerado durante mucho tiempo el baile típico nacional. Hacer cubana a la charanga debe de ser, seguramente, su empresa más grande.

Pocas veces, una factura orquestal fue tan ecuménica. El maestro Romeu halló siempre un espacio para cualquier afluente que desembocara en ríos y mares del milagro intergenérico del pentagrama nacional. En el repertorio de su charanga, jamás faltaron piezas ejemplares en tiempo de danzón: la canción Longina, de Manuel Corona; el pregón El Manisero, de Moisés Simons; el poema La Cleptómana, de Manuel Luna; el popularísimo son Tres Lindas Cubanas, de Guillermo Castillo, quizás su recreación más conocida.

Suele decirse que en el siglo XIX no logró articularse un verdadero sinfonismo en Cuba. Y que la capacidad creadora halló su espacio en el danzón. El Viejo Romeu, coherencia y virtud en el hacer, nunca abandonó esa ruta por donde discurrió la ópera El Barbero de Sevilla, de Gioachino Rossini, luego indispensable en el catálogo de las compañías líricas cubanas.

Acordes de Capullito de alelí, del boricua Rafael Hernández, se inscriben en la descarga al piano de Pepito Palma Perelló en el Pare Cochero, de Marcelino Guerra (Rapindey), por la orquesta Aragón. Parece una narrativa repartida, inevitable, hecha costumbre, desde El Mago de las Teclas.

Notas del danzón Siglo XX, de Romeu, se escuchan en algún collage para la gimnasia rítmica. Y de aquel segmento improvisado, ya obligatorio para cualquier ejecución de Tres Lindas Cubanas, el tecladista venezolano Enrique Culebra Iriarte insertó un breve pasaje en la versión de La Sitiera, de Rafael López González, por la orquesta de Oscar D´León.

Había nacido el 11 de septiembre de 1876 en Jibacoa, en el actual municipio mayabequense de Santa Cruz del Norte. Uno de sus danzones tiene como título el nombre de la comarca natal, donde el beso de la ola ratifica la condición fundadora de la mar. Hasta es posible que las generaciones emergentes de esos confines desconozcan su legado, y que ignoren hasta su nombre. Vuelvo a la idea postrera de un viejo poeta de mi pueblo: hay tantas cosas que se cantan, como si estuviera ausente, el oído de la voz.          

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