El fascismo está excluido por el carácter periférico de la región

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El potencial desemboque fascista de la ultraderecha no es un peligro restringido a Estados Unidos o Europa. Constituye también una amenaza para la periferia. Lo ocurrido en el mundo árabe ofrece un indicio de ese desenlace. La gran revuelta democrática que encarnó la Primavera de la década pasada fue sangrientamente aplastada por dictaduras y monarquías, que contaron con el auxilio de formaciones fascistas.

Esas milicias desplegaron una acción contrarrevolucionaria atroz. Utilizaron el estandarte religioso para consumar matanzas que aplastaron todas las expresiones de laicismo, tolerancia y convivencia democrática. Esa feroz respuesta a un levantamiento juvenil que se expandió por todo el Medio Oriente, confirmó que la sangría con tintes fascistas es factible en cualquier rincón del planeta. No requiere la preexistencia de un enemigo socialista o de un proletariado industrial organizado.

El mismo criterio se aplica a Latinoamérica. Tampoco en esta zona, el fascismo está excluido por el carácter periférico de la región. La vieja negación de esa posibilidad por la distancia económica-social que separa a la zona de los centros, se asienta en equivocados presupuestos. Considera que Hitler y Mussolini nunca tuvieron émulos en el Tercer Mundo por el carácter intrínsecamente imperialistas de esa modalidad.

Pero se olvida que esa vertiente reaccionaria adoptó formas de fascismo dependiente, cuando las clases dominantes de la periferia afrontaron amenazas de envergadura a su dominación. La diferencia cronológica entre ambos escenarios no modifica esas semejanzas. Los picos del fascismo en la periferia se registraron durante la guerra fría y no en 1930-45.

Este desplazamiento de las respuestas regresivas virulentas fue congruente con la mutación geográfica de las sublevaciones populares e incluyó masacres de la misma envergadura que las registradas en Europa. Basta recordar, por ejemplo, que el aplastamiento del comunismo en Indonesia se cobró un millón de muertos.

La magnitud de esas matanzas siguió la pauta de los grandes genocidios de las últimas centurias. Esos aniquilamientos debutaron con la conquista del Nuevo Mundo, se consolidaron con la devastación de África y continuaron con los holocaustos victorianos de Asia, que terminaron rebotando sobre el propio territorio europeo.

Esa sucesión de exterminios no alcanza igualmente para explicar el fenómeno contemporáneo del fascismo. Ese traumático proceso obedeció a circunstancias y confrontaciones políticas específicas, que los pensadores liberales nunca lograron comprender (Traverso, 2019).

Esa tradición teórica malinterpretó especialmente lo ocurrido en América Latina. Situó en el casillero del fascismo a los movimientos nacionalistas o a los líderes populares en conflicto en las metrópolis, como por ejemplo Perón. Utilizó argumentos formales de semejanza discursiva y magnificó episodios diplomáticos menores, para reproducir las sesgadas denuncias estadounidenses contra los gobiernos que lidiaban con su dominación. Esa resistencia soberana nunca tuvo parentescos con el fascismo.

La proximidad del fascismo en la periferia estuvo presente en otro terreno. Irrumpió en América Latina con los regímenes contrarrevolucionarios que intentaron destruir los proyectos de la izquierda. Varios teóricos de la dependencia indagaron las peculiaridades de esa brutal reacción (Martins, 2022).

El pinochetismo arremetió en Chile apoyado en una base social antiobrera enceguecida por el fanatismo anticomunista. Pero al igual que Franco en España o Salazar en Portugal, la dictadura transandina no forjó un sistema político equiparable al esquema de Hitler o Mussolini.

También el uribismo apuntaló en Colombia un régimen oligárquico, asentados al cabo de varias de décadas en el metódico asesinato de militantes sociales. Pero nunca completó la reconversión totalitaria del régimen político que presupone el fascismo.

En la experiencia más reciente de Bolsonaro ese fallido fue mayor y no logró traducir la verborragia reaccionaria del alocado militar en un sistema fascista. El ex capitán consiguió cierto acompañamiento de sectores plebeyos, pero no la jefatura de todo el arco político burgués. Propició el aumento de la violencia, sin lograr su generalización y retrocedió en los intentos de sustituir el sistema institucional por un poder totalitario. El ejército lo sostuvo, pero nunca accedió a involucrarse en aventuras de mayor alcance. La desastrosa gestión de la pandemia y la derrota que sufrió con la liberación de Lula, cerraron todos los resquicios para su conversión en dictador.

El fascismo constituye igualmente un peligro en el actual escenario regional y es importante evitar la subestimación de esa posibilidad. La debilidad de la izquierda o un reflujo de las luchas obreras no diluyen esa eventualidad. La desconsideración de este horizonte adopta, a veces, la sofisticada modalidad de reemplazar el término fascista por vagas alusiones al bonapartismo.

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