Crónica a una singular efeméride

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Hace justo un año de un acontecimiento que marcó para siempre el alma de los mayabequenses, el paso de la caravana con los restos de nuestro querido Comandante Fidel en el camino a la inmortalidad.

 

Estudiantes, científicos, obreros, combatientes, médicos y enfermeros, amas de casa, profesionales de todas las entidades, el pueblo en fila a los lados del camino con banderas cubanas e imágenes de Fidel.

 

La urna cubierta con la enseña nacional y dentro, los restos de un ser que hizo vibrar al mundo con su virtuosismo y su inmensa generosidad. Un hombre de todos los tiempos. Un artífice de la historia. Un amigo.

 

Recuerdo cómo mis compañeros y yo nos colocamos al lado de los vecinos en la carretera central cerca del reparto Vostok debajo de los laureles que también despidieron el cortejo. Todos nos estrechamos las manos en señal de condolencia. Y la mañana se estremeció.

 

En silencio dije adiós a Fidel con el pecho apretado, agradeciéndole cuanto me había dado y todo el caudal de enseñanzas y beneficios que le había dejado a mis nietas. Recordé en ese momento a mis padres que sintieron por él una devoción indescriptible y especialmente, la confianza que habían depositado en él para abandonar este mundo y dejarme a salvo.     

 

En esa jornada de dolor, las lágrimas se convirtieron en compromiso con la Patria. Nunca antes el pueblo había expresado tanta ternura y admiración. Nunca antes la sinceridad de los sentimientos había aflorado con tanto realismo. Fue mágico. Doloroso y bello a la vez.

 

Aquel 30 de noviembre sumó el tributo a los mártires de la Patria un nombre más, el del eterno Comandante en Jefe de la Mayor de las Antillas

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