Carlos Manuel de Céspedes

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Abogado revolucionario cubano que inició las guerras por la independencia en Cuba contra el régimen colonial de España proclamando el 10 de octubre de 1868 su determinación de independencia o muerte y la libertad de sus esclavos. Céspedes es considerado por todos los cubanos el Padre de la Patria, también fue Mayor general del Ejército Libertador de Cuba y primer Presidente de la República de Cuba en Armas. Murió en combate frente a tropas españolas.

En septiembre de 1867 comenzó a conspirar en Manzanillo, lugar donde residía, junto a Francisco Vicente Aguilera y Perucho Figueredo. Más tarde fundó y presidió la Junta Revolucionaria de Manzanillo.

En el mes de diciembre de 1867 el gobernador de Manzanillo, Rafael Jerez y Molina recibió un anónimo, escrito en papel de envolver del que se usa en las bodegas, y en el que se le avisaba de una proyectada conspiración contra el gobierno y que se iba a dar el grito el día de Noche Buena. Decía el anónimo informante que los conspiradores contaban con los negros a los que les darían la libertad, y un machete y un puñal; decía también que hacía poco se habían introducido 1500 rifles por la Caimanera o por la casa de alguien que no se sabe, pues a partir de esa palabra el anónimo tiene recortadas muchas palabras, como las del nombre del ingenio donde se reunían todos los días a conspirar, según el informante; pero se entiende claramente que están de acuerdo los camagüeyanos y parte de los pueblos de Santiago.

En otro anónimo se dan poco más o menos los mismos detalles, pero el levantamiento se señala para el día de la Purísima, 8 de diciembre, o el día de Noche Buena. Se informa:

Que tienen embullados a muchos montunos y también hay un fondo para socorrer a las familias de los conspiradores.

En el informe que el gobernador de Manzanillo envió al del Departamento Oriental dice que en el anónimo se señala para llevar a cabo la intentona a don Carlos Manuel de Céspedes, que el primer acto de la revuelta será tomar el cuartel y poner en él la bandera americana.[3] A través de los informes del gobernador de Manzanillo se deja ver un gran temor. Su primer acto fue ir a detener a Carlos Manuel de Céspedes, lo que no realizó por hallarse éste junto al lecho de su esposa gravemente enferma.

Fallecida su esposa, probablemente a principios de 1868, Carlos Manuel se trasladó al ingenio Demajagua pues por el momento parecía que su mayor interés consistía en levantar esa finca. Ésta tenía una magnífica casa de mampostería con amplios portales adornados con columnas. Se hallaba construida sobre una meseta desde la que se divisaba el mar. A un lado se hallaba el ingenio y al otro el barracón de los esclavos. Céspedes trasladó para el ingenio el mobiliario que tenía en su casa de Manzanillo, los cuadros, la biblioteca, tal como si pensara en una estancia permanente en dicho lugar dedicado más a las labores del campo que a las del bufete.

En la reunión celebrada en San Miguel de Rompe el 4 de agosto de 1868 defendió sin éxito el criterio de comenzar de inmediato la guerra contra España, por considerar que existían condiciones para ello. El 6 de octubre de 1868, en el Ingenio Rosario, fue elegido jefe máximo del levantamiento armado, el cual se acordó iniciar el 14 de octubre de 1868. No obstante, al conocer que el día 8 le habían cursado un telegrama al gobernador militar de Bayamo ordenándole su detención y la de los principales conspiradores, ordenó empuñar las armas y concentrarse en su ingenio Demajagua durante la noche del día 9.

En La Demajagua, al mediodía del 10, arengó a los reunidos proclamando su determinación de Independencia o Muerte y proclamó la libertad de sus esclavos. Siguiendo su relato de los sucesos del 10 de octubre dice el general Masó:

El General en Jefe reunió sus esclavos y los declaró libres desde aquel instante, invitándoles para que nos ayudasen si querían, a conquistar nuestras libertades; lo mismo hicieron con los suyos los demás propietarios que le rodeábamos.[4]

Carlos Manuel de Céspedes acababa de entrar en la inmortalidad al retar el secular poderío español con un puñado de hombres desarmados.

El domingo 11 de octubre, alrededor de la una de la mañana, partió Céspedes con sus huestes de La Demajagua. Iba hacia la sierra de Naguas, considerada por él y sus colaboradores más inmediatos, el primero de ellos Bartolomé Masó, quien recogió el hecho para la posteridad, como un lugar adecuado para esperar la incorporación de grupos alzados en varios lugares de la comarca. Para tomar el camino de ascenso más practicable, el ya bautizado Ejército Libertador marchó en dirección a Yara, de donde parte dicho camino. Al anochecer penetraron los patriotas en el pueblo, estrenando el grito de ¡Viva Cuba libre! Sorpresivamente toparon con una muralla de fuego. Simultáneamente por el otro extremo del pueblo acababa de entrar una columna española procedente de Bayamo, la cual recibió a los confiados libertadores con descargas de fusilería, causando entre ellos primero el asombro, después la dispersión y entre una y otra cosa la primera baja definitiva del Ejército Libertador, Fernando Guardia Céspedes y la primera del ejército colonialista.

La fácil victoria sobre los insurrectos obtenida en Yara fue participada de modo inmediato a las autoridades superiores de la colonia y dada a la publicidad como advertencia a desafectos al régimen. Era desde luego imposible a quienes se vanagloriaban de aquel éxito de las armas españolas, percatarse de la verdadera significación de aquel encuentro. El caso es que del mismo surgió la notoriedad de Yara, donde por primera vez los cubanos probaron su determinación de batirse, aunque fuera con unos cuantos fusiles anticuados, con el afamado ejército español.

Aquella fue una prueba tremenda para Céspedes, pero inmediatamente reaccionó ante su primer descalabro. Aquella negra noche del 11 al 12 de octubre de 1868, cuando reanudó su marcha hacia la Sierra con un puñado de hombres, uno de ellos apuntó qué pronto había terminado la empresa iniciada en La Demajagua. Y según el testimonio de otro de los acompañantes, Céspedes se irguió sobre los estribos y replicó:

¡Aún quedamos doce hombres; bastan para hacer la independencia de Cuba!

Ya con las fuerzas incrementadas por los nuevos alzamientos producidos, tomaron el caserío de Barrancas el 15 de octubre y pusieron sitio a Bayamo a partir del 18, tomándola el 20 de octubre, Céspedes fue acogido por la población como su libertador. Se autoproclamó capitán general del Ejército Libertador con el objetivo de lograr un nivel acorde con la máxima autoridad española en la Isla. No obstante, el 29 de enero de 1869, en Tacajó, renunció a emplear tal denominación.

Aunque era firme defensor de la abolición total de la esclavitud, se vio precisado a dictar un decreto, el 27 de diciembre de 1868, en que ésta se establecía de forma gradual e indemnizada. Con ese gesto intentaba captar a los terratenientes, de los cuales esperaba obtener recursos que permitieran adquirir las armas necesarias para la guerra. Durante un receso de la Cámara de Representantes, firmó el decreto que establecía la abolición de la esclavitud.

En la primera decena de abril de 1869 se dieron cita en el pueblo de Guáimaro, Céspedes y 10 miembros de su consejo -un organismo estrenado para evitar la acusación de estar gobernando solo-, con los miembros de la Asamblea de Representantes del Centro y de la Junta Revolucionaria de Las Villas, para discutir la formación de un Gobierno nacional. Allí se había volcado todo el Camagüey revolucionario y habían concurrido, además de los grupos representativos de las regiones insurreccionadas, que iban a formar la Asamblea Constituyente, muchos patriotas llamados a «pasar a la historia», como el espirituano Honorato del Castillo, el oriental Francisco Vicente Aguilera, el camagüeyano Ignacio Mora, el pinareño Rafael Morales, los matanceros hermanos Betancourt, los habaneros hermanos Sanguily, etc. El ambiente de entusiasmo se caldeaba con la presencia de muchas familias camagüeyanas. Allí estaban la madre y las hermanas del general Manuel de Quesada, una de las cuales sería esposa de Céspedes meses después; también estaba Ana Betancourt de Mora, quien reclamó para la mujer cubana los derechos políticos del hombre.

El día 11 quedó constituido la Cámara de Representantes y el 12 de abril, tomó posesión Céspedes de la Presidencia de la República. Fue entonces que la Cámara recibió: una petición suscrita por un gran número de ciudadanos -dice la resolución adoptada al respecto- en que se suplica a la Cámara manifieste a la Gran República los vivos deseos que animan a nuestro pueblo de ver colocada a esta Isla entre los Estados de la federación Norte Americana.

La Cámara, por unanimidad, hizo suya la petición recibida. Y el Presidente de la República sancionó la ley. El ministro de Cuba en Estados Unidos, José Morales Lemus, que por entonces encontraba en congresistas y miembros del Gabinete de Grant inclinación al reconocimiento de la independencia de Cuba, no creyó oportuno dar curso al acuerdo pidiendo la anexión.

La iniciativa de pedir la anexión tuvo raíz camagüeyana. Poco antes de constituirse la República, la Asamblea de Representantes del Centro había acordado -el 6 de abril de 1869- una petición semejante. Más la responsabilidad histórica del acuerdo de la Cámara de Representantes en Guáimaro, recae en cuantos la aprobaron, entre ellos Céspedes. Las circunstancias prevalecientes desde enero del 1869, cuando España desató la guerra a muerte, causando tremendas pérdidas de vidas en Oriente y en Las Villas, autorizaba a recurrir a cualquier medio, de procurarse recursos para continuar la lucha, y uno de ellos era conseguir la ayuda norteamericana a cual precio. Políticamente, lo primero era separarse de España; después habría que ver si el pueblo renunciaba a su total independencia para sumarse a la federación norteamericana.

No necesitó Céspedes mucho tiempo para llegar a la convicción de que nada tenían que esperar los revolucionarios cubanos del Gobierno de Washington. Así lo revelan dos escritos suyos de 1870.

El primero es un manifiesto «Al pueblo de Cuba» fechado el 7 de febrero de dicho año; el segundo es una carta a José Manuel Mestre, sucesor de Morales Lemus como representante diplomático de Cuba en Estados Unidos, de fines de julio.

En el manifiesto expresa:

Al lanzarse Cuba a la arena de la lucha, al romper con brazo denodado la túnica de la monarquía que aprisionaba sus miembros, pensó únicamente en Dios, en los hombres libres de todos los pueblos y en sus propias fuerzas. Jamás pensó que el extranjero le enviase soldados ni buques de guerra para conquistar su nacionalidad (…)

En la carta de Mestre se aprecia la clarividencia política de Céspedes. Dice así:

Por lo que respecta a los Estados Unidos tal vez esté equivocado, pero en mi concepto su gobierno a lo que aspira es a apoderarse de Cuba sin complicaciones peligrosas para su nación y entretanto que no salga del dominio de España, siquiera sea para constituirse en poder independiente; éste es el secreto de su política y mucho me temo que cuanto haga o proponga, sea para entretenernos y que no acudamos en busca de otros amigos más eficaces o desinteresados.

Consecuente con su concepto de esa política, Céspedes alentó a los libertadores cubanos a valerse de sus propios recursos, al par que incitaba por todos los medios y en todos los tonos a los emigrados auto titulados revolucionarios para que costearan y enviaran armas a Cuba libre o acudieran con sus brazos o sus talentos en ayuda de los que aquí libraban lucha desesperada por derrocar al Gobierno colonial.

Finalmente, el presidente Céspedes retiró la representación diplomática de Cuba en Estados Unidos, a cargo entonces del licenciado Ramón Céspedes Barreiro. En carta dirigida al mismo el 30 de noviembre de 1872, le comunicó dicha resolución y le explicó su fundamento en los siguientes términos:

No era posible que por más tiempo soportásemos el desprecio con que nos trata el gobierno de los Estados Unidos, desprecio que iba en aumento mientras más sufrido nos mostrábamos nosotros. Bastante tiempo hemos hecho el papel del pordiosero a quien se niega repetidamente la limosna y en cuyos hocicos por último se cierra con insolencia la puerta. El caso del Pioneer ha venido a llenar la medida de nuestra paciencia: no por débiles y desgraciados debemos dejar de tener dignidad.

Así, interpretando el sentir del pueblo revolucionario de Cuba, Céspedes cerraba el ciclo de las vacilaciones y de los cabildeos anexionistas.

Carlos Manuel de Céspedes se oponía a la aprobación de formas de gobierno en que, por ser extremadamente democráticas y republicanas, limitaran las atribuciones del ejecutivo y del general en jefe para dirigir la guerra, pues sostenía con firmeza que para tener República, primero había que hacer la guerra.

Al asumir la presidencia Céspedes trazó estrategias para llevar la guerra a toda la Isla, ya fuese por tierra o por mar. Lo antes dicho se demuestra en las siguientes ideas:

  • Sustentó la idea de dar un carácter nacional a la guerra, para ello nombró, el 1 de junio de 1869, a Domingo Goicuría en el cargo de jefe de operaciones de Pinar del Río.
  • Fraguó la idea de invadir el occidente de la Isla, lo cual sólo pudo materializarse años más tarde. Fue partidario de destruir las riquezas de España en la Isla de Cuba para socavar sus fuentes de sustento de la guerra.
  • Trató de llevar la guerra al mar, para lo cual nombró oficiales de la marina y otorgó patentes de corso. Sostuvo total intransigencia en cuanto a la conquista de la independencia, siendo muestra de ello el hecho de que el 15 de febrero de 1871 declaró traidor a todo el que entrara en negociaciones con los españoles.

Céspedes defendió el método de lucha irregular. Trabajó por el incremento de las expediciones armadas desde el exterior y desplegó una extensa actividad diplomática cursando misivas a distintos gobiernos de América en busca del reconocimiento, tanto para la beligerancia como para la República en Armas, y su apoyo.

Después de su destitución lo obligaron a acompañar al nuevo gobierno y a la Cámara durante dos meses. Tras la negativa de permitírsele salir al extranjero para visitar a su esposa e hijos, se le confinó a la finca San Lorenzo, en la Sierra Maestra. Hacia allí se dirigió el 27 de diciembre de 1873, sin la debida escolta, pues el gobierno se la negó, la llegada al lugar se produjo en la noche del 23 de enero de 1874. En la quietud de la sierra se dedicó a escribir y a enseñar a leer a los niños.

El 27 de febrero de 1874, una columna española penetró sorpresivamente en San Lorenzo. En el diario de Céspedes se refleja la llegada de los españoles:

Hoy ha salido un criado en busca de cocos y trae la noticia de haber llegado una columna española.

Según el historiador YoelCordoví Núñez, especialista del Instituto de Historia de Cuba, los acontecimientos del día 27 sucedieron de la siguiente forma[5]:

El desenlace fatal se avizoraba. El Padre de la Patria, luego de sus acostumbradas tareas diurnas, incluida la última partida de ajedrez con su coterráneo Pedro Maceo Chamorro, sale a visitar a algunos vecinos de la intrincada comarca, en donde enseñaba a leer y escribir a los niños y dialogaba con los campesinos de la zona. Una niña se aproxima a la casa de “Panchita” Rodríguez, donde se encontraba Céspedes, y por el camino descubre la presencia de soldados españoles. Al parecer, una traición ponía al descubierto su paradero.

El patriota, revólver en mano, sale del bohío. Los españoles emprenden la persecución abriendo fuego.

Un capitán, un sargento y cinco soldados lo persiguen. Los españoles intentan capturarlo vivo, pero el bayamés dispara sin detener la carrera. La hora final llegaba. El sargento Felipe González Ferrer se le encima, y ante un último esfuerzo de Céspedes por neutralizar de un disparo a su rival, el sargento acciona su fusil y a quemarropa le perfora el corazón.

El coronel del Ejército Libertador Manuel Sanguily captó todo el simbolismo de la muerte de Céspedes cuando resumió la misma en poéticas palabras:

Céspedes no podía consentir que a él, encarnación soberana de la sublime rebeldía, le llevaran en triunfo los españoles, preso y amarrado como un delincuente. Aceptó sólo, por breves momentos, el gran combate de su pueblo: hizo frente con su revólver a los enemigos que se le encimaban, y herido de muerte por bala contraria, cayó en un barranco, como un sol de llamas que se hunde en el abismo

Así dejaba de existir el iniciador de la guerra de independencia en Cuba contra el gobierno español. Su cadáver fue conducido a Santiago de Cuba, donde se le dio sepultura.

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