Camilo, necesario siempre

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Al hombre de la sonrisa amplia y el sombrero alón llegamos desde los primeros años en la escuela. Aprendimos a querer a Camilo Cienfuegos, aquel intrépido guerrero que trascendió por su lealtad, arrojo y por ser la más pura semejanza de su pueblo.

A los mártires se le describe en el pretérito obvio y sus imágenes se repiten en fotografías, en páginas de los libros de historia, en las que atesoran los archivos fílmicos y en los periódicos que hacen suyas las efemérides que los abrigan en su paso por la vida.

A Camilo, devenido “Señor de la vanguardia” o “Héroe de Yaguajay” está dedicado un rito cada 28 de octubre cuando todo tipo de flor es otorgada al mar, a manera de tributo por su desaparición física ese día de 1959.

Me preguntaba hoy qué decir de Camilo que no se haya dicho, si su corta vida dejó a la posteridad su ejemplo, los valores que le acompañaron siempre, las anécdotas que corroboran el calibre del ser humano que fue.

Decido entonces hacer referencia a su oratoria, la de un hombre sencillo, aquella oratoria limpia, franca, dicha desde el alma, capaz de iluminar la más obstinada oscuridad.

Decido entonces hablar de su sonrisa, esa sonrisa de tanta paz; de su buen humor porque los héroes son terrenales, con virtudes y defectos, con habilidades más allá de su heroicidad, de ahí que también hubo en el Camilo guerrillero un apasionado deportista.

Este día, hablo del Camilo necesario, de ese cabal hombre, que desde la humildad misma inscribió su grandeza en el pueblo que lo amó y le recuerda, en aquellos que no olvidan la fatídica noticia de su desaparición, en los que llegaron después y aprendieron a quererle y respetarle.

 

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