Rosa Luxemburgo: orgullo y fuerza de las revoluciones

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Dura jornada aquella, la del 15 de enero de 1919 en Berlín. Grupos paramilitares, los Freikorps del Káiser Guillermo, al servicio de traidores de la socialdemocracia alemana, asesinaron a Karl Liebknecht y a Rosa Luxemburgo.

El primero, más de acción que de pensamiento, pudo alguna vez alzar la voz contra la guerra en el Reichstag. Ella no. Su condición de mujer se lo impidió.

La Rosa Roja, la del verbo seductor, la activista incansable, la de hondo calado intelectual, cayó bajo el golpe de la apostasía y de la reacción. El crimen de hace 102 años parecía un remedo de la crucifixión del Cristo en el Jerusalén ocupado por las legiones romanas.

Una multitud la insultaba en una apuesta contemporánea por Barrabás. Le echaban en cara su condición de comunista y de judía.

Como el Nazareno, Rosa Luxemburgo fue golpeada y vejada antes de morir. Un culatazo terrible en la cabeza la dejó ya sin sentido. A empellones la arrojaron dentro de un auto, donde un pistolero le dispararía el tiro de gracia.

Sin embargo, no le dispensaron tumba alguna. Arrojaron el cadáver en un canal de Berlín, donde sería encontrado más de cuatro meses después en avanzado estado de descomposición. La identificaron por un guante y un trozo de vestido.

Gran teórica del Marxismo, Rosa Luxemburgo trascenderá en la historia por la naturaleza polémica de sus textos, invariablemente límpidos y sinceros, aunque alguna vez se equivocara. Generalmente, se aluden sus discusiones con Lenin.

Realmente no veía con buenos ojos la naturaleza organizativa de los rusos, ante la necesidad de eludir la represión zarista. Rosa Luxemburgo la definió como una tendencia ultracentrista.

Los bolcheviques jamás entendieron por qué en la obsesión internacionalista de aquella mujer brillante, no hubiera un sitio para la autodeterminación nacional.

Vladimir Ilich la calificó de águila equivocada. “Suele suceder (escribió el hombre del Octubre ruso) que las águilas vuelen más bajo que las gallinas, pero una gallina jamás puede remontar vuelo como un águila”.

El Che, por ejemplo, en carta a Armando Hart desde Tanzania en 1965, aseguraba que Rosa Luxemburgo cometió errores en su ensayo La acumulación del capital de 1913, pero que el propio crimen contra ella confirmaba el instinto del enemigo ante una personalidad de talla inmensa por la emancipación de los desposeídos.

Ante la avalancha neoliberal, globalizante y desmovilizadora del poder hegemónico del mundo, su nombre tiende a ser olvido. Sin embargo, aquella obsesión suya de hermanar a los desposeídos del mundo, sin distinción de lenguas ni culturas sería a la luz de la prioridad de este minuto un instrumental fabuloso de combate.

Pudiera haber hasta premonición en sus palabras: habló de derrotas históricas que a lo mejor un día fueran orgullo y fuerza de las revoluciones.

 

 

 

 

 

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