¿Qué pasó después del combate?

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Los sucesos del 26 de julio de 1953 se inscriben como uno de los acontecimientos más importantes de la Historia de Cuba. Aunque el asalto fue una derrota militar, avivó el espíritu de lucha de los jóvenes revolucionarios.

¿Qué pasó después del combate? La noticia corrió como pólvora. Ocupó los principales titulares. Todos querían comprar al precio que fuera el periódico Prensa Universal de Santiago de Cuba. En primera plana un cintillo decía: “Asaltado el Moncada, 48 muertos y 29 heridos. Aunque las cifras variaron con el paso de los días. El asesinato de los prisioneros estaba comenzando.

En ese mismo diario, otras noticias referidas a la acción apuntaron: Loca aventura de un grupo de jóvenes que intentaron tomar la fortaleza. Sin embargo, la duda colmaba a los santiagueros porque los vecinos del cuartel vieron que los asaltantes iban vestidos de sargento, con el caqui amarillo. Muchos pensaron que se trató de una lucha entre soldados.

Posteriormente, Santiago completo se esclareció. Ya se sabía que la acción había sido protagonizada por jóvenes de La Habana. La ciudad rebelde y hospitalaria buscaba la forma de ayudar a estos muchachos, aún sin saber sus nombres y conocer sus rostros. Después se supo que el jovencito Frank País se dispuso a ayudarlos.
La prensa local recorrió los centros de salud donde permanecían algunos heridos por el asalto al Moncada. Por mucho que lo intentó, ningún periodista pudo entrar al hospital civil Saturnino Lora, que se encontraba frente al cuartel.
El régimen se dispuso desde el principio a escamotear la verdad. El coronel Alberto del Río Chaviano, más conocido como El Chacal, ensayó una conferencia de prensa. Allí negó que el ejército tuviera a dos mujeres presas, cuando ya había trascendido el arresto de Melba y de Haydée. Pero el jefe del Regimiento se haría célebre por las ridículas mentiras que sostuvo. Jamás se olvidará que aseguró que entre los asaltantes había numerosos extranjeros, entre ellos guatemaltecos e indios putumayos de Colombia.

Aquel asesino con grados de coronel intentaba evidentemente justificar su incompetencia. Y para eso, ahí estaba él, acusando de mercenarios a los atacantes, que habrían recibido una preparación militar especial con el dinero del ex presidente Prío. No se olvide el infundio, que a veces resuena en el presente, de que los jóvenes revolucionarios degollaron a los enfermos del hospital militar.

A pesar de todo, resultó infructuosa la obsesión de los batistianos por borrar las evidencias del gigantesco crimen. En una rastra, los cadáveres de los jóvenes, la inmensa mayoría asesinados después del combate, fueron llevados al cementerio de Santa Ifigenia en la tarde del lunes 27. Forenses y juristas levantaron actas en el lugar, que a la larga constituyeron pruebas irrefutables de la brutalidad.

Una a una, se fueron derrumbando las falsedades. Devino entonces el peligro de que la tiranía intentara secuestrar los restos de los moncadistas asesinados. Manos amigas llevaron flores a manera de tributo, pero también cambiaron el orden de las cruces en las tumbas para confundir a los sicarios y evitar la profanación.

El juicio por aquellos sucesos se volvió contra la dictadura. Primeramente, intentaron sacar a Fidel del proceso, con la mentira de que estaba enfermo. Luego lo juzgaron casi en secreto en una salita del hospital civil. La inspiración martiana sostiene que un principio justo desde el fondo de una cueva, puede más que un ejército. El joven líder revolucionario reconstruiría en la prisión su alegato de autodefensa. Ya nada pudo apagar su voz.

 

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