Pablo de la Torriente Brau: la grandeza al conjuro de la historia

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En la referencia numerosa, aparece que Pablo de la Torriente Brau fue escritor y periodista. Son los oficios que el revolucionario, su verdadera ocupación, aprendió y ejercitó a su paso por la Cuba profunda, esa que sueña y exige cambios, que radica sed de justicia y combate, para coronarlos en cualquier estación del planeta.

 

El narrador-poeta-reportero hace de las suyas en la observación participante, la conocida metodología de investigación cualitativa. Toma el pulso a la existencia, la fija en blanco y negro en la cuartilla, pero se juega la vida una y otra vez por transformarla, por mejorarla, por remarcar siempre un camino a la Utopía.

 

Nació el 12 de diciembre de 1901 en San Juan, Puerto Rico. Como se sabe, murió en combate el 19 de diciembre de 1936, solamente unos días después de cumplir los 35 años de edad, en el distrito de Majadahonda, en la defensa del Madrid asediado por el fascismo, tras la sublevación traidora contra la República Española.

 

En el carácter, en la obra, en las convicciones, en cada paradigma de Pablo de la Torriente Brau, discurre sin falta lo cubano. La ironía, el humor, la palabra cortante, precisa, resultan la huella múltiple del tipo humano actante de heroísmos en este enclave real y maravilloso del Caribe.

 

Ni el acoso ni la prisión pudieron rendirlo, rebajarlo, vencerlo. Lo llevaban arrestado a bordo de un barco, para confinarlo en el Presidio Modelo de la entonces Isla de Pinos, una especie de coto del abuso, del crimen, de la impunidad, donde aquel desalmado, el oficial machadista Pedro Abraham Castells, decidía fríamente quiénes deberían morir. El capitán de la nave preguntaba insistentemente por “ese jodedor de Torriente”. El régimen y su carcelero perdían la partida antes de jugarla.

 

Pablo de la Torriente Brau jamás perdió el aplomo, que no era otra cosa que una prueba de valor personal. En el cine hay filmes que parecen rodarse por sí mismos. El libro Presidio Modelo recorre una ruta bastante similar en su escritura, para mostrar magistralmente los polos del género humano.

 

Nadie podría concebir un retrato mejor del mandamás criminal, o de aquel diabólico Goyito, preso en Isla de Pinos por asesinar a un veterano de alto rango en el Ejército Libertador, pero que devino jefe de una cuadrilla de torturadores, de violadores, de matones, al servicio de Castells. Solo la denuncia en el libro rompe aquella cadena de arbitrariedades sin justicia. Y el autor se convierte en precursor del testimonio en la historia de la literatura y del periodismo en Cuba.

 

Igualmente pasa el perfil de las víctimas, tantas veces verticales ante su cruel destino, como aquel hombre que escucha los gritos de su hijo, condenado a morir de sed, o aquel otro, humillado por un carcelero, que ya sabe que sus días están contados por el temor del victimario de una posible venganza. Y la muerte vuelve a ser la soberana emperatriz en cada caída de la tarde, en cada regreso desde la Fuente Luminosa. Y regresará sin falta al conjuro de la noche, en las tropelías de Goyito y su gente.

 

Pablo de la Torriente Brau va calibrando su grandeza al conjuro de la historia. El creador crece en la admiración a la epopeya mambisa, de la mano del héroe de la página maceísta en Ceja del Negro. Y se cultiva en el escenario mismo de la resistencia campesina de Realengo 18. Y se consagrará para todos los tiempos peleando con los milicianos de la Guerra Civil Española, por donde pasó una vez la suerte de la revolución mundial de los desposeídos.

 

No hay tumba conocida en Montjuïc, ni se sabe la suerte final de sus restos. En tal caso, el tributo se difumina en el tiempo y en todas partes. El periodista devenido comisario antifascista se dispuso a vivir en la literatura funcional, como confirmando el juicio del Apóstol: “Hay libros en que parece que va acuñado el corazón, y hecho páginas y letras, donde se ve agonizar la esperanza y sangrar la vida”.

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