Con gran brío la mujer lajera da fe de su empoderamiento, retoma
cada eslabón de su quehacer diario y su protagonismo que huele a
jazmín y tiene el empuje del metal recorre centros universitarios,
hospitales, planteles docentes y áreas deportivas donde planta su
semilla de resiliencia.
Muchas de ellas, dadas a la tarea de educar enfrentan con
optimismo y ternura los desafíos que las pone a prueba en estos
tiempos difíciles y complejos donde el mero hecho de enseñar
constituye una proeza, retando la redes sociales que intentan
desvirtuar la autenticidad de este pueblo glorioso, su historia, su
acervo cultural, sus genuinas raíces impregnadas de mil batallas
legendarias.
Valientes y capaces construyen una sociedad inclusiva y de óptima
calidad donde las sonrisas se comparten por igual y las dificultades
se solucionan mancomunadamente. Su encanto femenino acunado
por el privilegio de la maternidad inspira a las nuevas generaciones a
aparecerse en un futuro inmediato que augura firmeza y paz, donde
prima el ser humano como deidad de nuevas estaciones.
Los surcos les acarician las rodillas al empotrar la diminuta postura
del mañana, campesinas, ingenieras, técnicos medio en agronomía
ponen a prueba su ingenio innovador para lograr el fruto idóneo que
alimenta el cuerpo y engrandece el aliento porque su esfuerzo
supera todo obstáculo para llegar a la producción agropecuaria con
prácticas sostenibles y trasformadoras.
El talento femenino se hace latente en el sector de la salud, la
biotecnología y las ciencias sociales abren caminos hacia el
conocimiento y el avance tecnológico demostrando la caducidad de
la desigualdad de género.
Integrales profesionales, madres, trabajadoras, cubanas, un destello
de triunfo abre luces por la brecha que describen sus pasos
afrontando estereotipos y haciendo gala de sus potencialidades en
cualquier esfera, así somos las lajeras, las cubanas, con la estirpe
mambisa por bandera y la fragua de nuestros dotes femeninos como
arma.






