Mantua cultiva la gloria de Maceo

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En la profusa bibliografía, aparece el parangón cual título de guerra para Antonio Maceo: el Aníbal cubano.

El caudillo púnico escribió una página extraordinaria al cruzar los Alpes y caer sobre los Apeninos a fines del siglo III antes de Cristo.

Más de dos mil años después, se verificaría otra hazaña, tal vez más grande: el arma blanca tendría que vérselas contra cañones y fusiles de última generación, en manos de un enemigo mucho más poderoso.

En aquella contienda por la conquista del Mediterráneo, se medían dos colosos: Cartago y Roma. Al mambisado cubano le correspondió una prueba más difícil, ante un ejército históricamente aguerrido.

España puso en pie de combate en este pequeño enclave del Caribe a más hombres que los que tuvo sobre las armas en tres virreinatos juntos a principios del siglo XIX.

Concluida en Mantua en enero de 1896, la Invasión supone una de las hazañas militares de mayor portento en la historia universal.

Para registrarla, quedaron diarios, testimonios, documentos capitulares, y hasta páginas hermosas de la tradición oral, donde el heroísmo y anécdotas de amor carnal hallan su más justo equilibrio.

Ese es otro milagro que late en el mismo centro de lo cubano: la leyenda transita de la mano de hombres y mujeres de carne y hueso, que lucharon, amaron, sufrieron y murieron en el acto más sublime de la concreción de un sueño.

Para Gómez y Maceo llegó incluso a ser sospechosa aquella debilidad hispana ante el empuje insurrecto hacia el occidente. Y hasta creyeron posible una jugarreta del mando colonial, para aplicarles el yunque y el martillo a los invasores en Vuelta Abajo.

El Generalísimo quedó en La Habana, “cuidando la puerta”, y el Titán prosiguió su ruta al oeste. Los españoles, confundidos, permanecieron sin moverse en los contornos de la capital. Cuando reaccionaron, el hombre de Baraguá les llevaba jornadas de ventaja.

Aún se discute sobre la célebre “Acta en la Proximidad de la Invasión”, con la que 11 días antes, y las huestes de Maceo aún lejos, a unos 200 kilómetros, las autoridades de Mantua declararon formalmente abierta a la villa.

Bueno, allí para entonces solo quedaron el alcalde, el síndico del ayuntamiento, y el secretario. El resto, como en otros pueblos de aquella geografía occidental, la administración civil y militar puso tierra por medio.

 Camino a la gloria

Allí terminaba el Camino Real de Vuelta Abajo, y Maceo coronaría sin falta todo el trayecto para que la gloria fuera completa. Por lo visto, lo sabían amigos y enemigos.

Y en triunfo arribó el 22 de enero de 1896 a Mantua. Y como mensaje para cualquier tiempo, documentó la epopeya en el Acta Capitular del siguiente día.

Y la fiesta innombrable que definió Lezama recorrió en tributo las calles del pueblo. Y el prócer bailó la contradanza con la bella Nieves Catá Urquiola.

La tropa acampó en Mangos de Roque. Y otros nombres de la comarca trascendieron límites de siglos: Maximiliano Quintero Silva, Idelfonsa Izquierdo, Carlota Castro, la familia Docal.

Pasaron 125 años. A pesar de la eventualidad epidemiológica, Mantua cultiva la gloria de Maceo, el Aníbal cubano, como la costumbre y el patriotismo la sembraron en la identidad de la villa.

 

 

 

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