LOS BRICS

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La XV cumbre de las principales potencias emergentes, conocidas como BRICS —Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica— y que representan una cuarta parte del PIB global, ha concluido esta semana en Johannesburgo con la decisión de proceder a la primera ampliación del grupo desde 2010. A partir de enero de 2024, Arabia Saudí, Egipto, Argentina, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía e Irán se sumarán a este grupo que busca tener más peso en la geopolítica global, liberarse de las tutelas occidentales y profundizar en la cooperación del denominado sur global, pese a configurar un grupo muy heterogéneo desde el punto de vista económico, militar y político, no exento de enfrentamientos entre sí, como el que mantienen China e India. Este BRICS ampliado aspira a acabar rivalizando a la larga con el G-7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido). Pero esa posibilidad aún queda lejos.

La ampliación de los BRICS se produce cuando dos de sus miembros —China y Rusia— se encuentran crecientemente enfrentados a los países occidentales, en un caso por la guerra tecnológica y comercial que Pekín libra con Estados Unidos y, en el otro, por la guerra en Ucrania.

El acuerdo es en todo caso, una pequeña victoria para China, principal promotor de la ampliación. Los nuevos miembros del grupo incluyen a varios de los mayores productores de energía, que se suman así a los mayores consumidores del mundo en desarrollo, lo que confiere de repente al bloque un enorme peso demográfico y económico. Dado que la mayor parte del comercio mundial de energía se realiza en dólares, la ampliación también podría aumentar la capacidad del grupo para impulsar el comercio en divisas alternativas, una vieja aspiración de China.

La incorporación de países con los niveles de inestabilidad económica y política como Argentina y Etiopía difícilmente refuerzan esa posición. Otros aspirantes a la integración, como Indonesia, han quedado fuera de esta ampliación, sin que se conozcan los criterios aplicados.

La intención de los BRICS es avanzar en la cooperación comercial y de inversión, aunque hasta la fecha poco se ha avanzado en este ámbito. Pekín lleva tiempo presentándose como un socio para los países en desarrollo más atractivo que las antiguas potencias coloniales, y ha financiado el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS que preside la brasileña Dilma Rousseff. Pero como demuestra, entre otros, el caso de Ecuador que ha tenido que acudir al FMI para hacer frente al pago de los préstamos de los bancos de cooperación chinos, esa experiencia no termina de ser efectiva. El anuncio de Washington de plantear el próximo mes en la cumbre del G-20 una reforma del FMI y del Banco Mundial supone una estupenda ocasión para adecuar por fin las instituciones multilaterales nacidas tras la II Guerra Mundial a la realidad del siglo XXI.

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