La Revolución Francesa en la oralitura cubana

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Revolución Francesa. Foto tomada de Telesur
Revolución Francesa. Foto tomada de Telesur
Revolución Francesa. Foto tomada de Telesur
Revolución Francesa. Foto tomada de Telesur

Purifica y engrandece el fuego de la revolución. Es un hecho que ni siquiera alcanzan a imaginar los autores de la chispa primera. Aquella clarinada en París el 14 de julio de 1789 se fijaría inexorablemente en el futuro y en todas partes. Y las ideas que la animaron hicieron definitivamente una casa en el límpido corazón del mundo. Para siempre.

En el sueño de la independencia de Cuba, hay una profunda huella de la Revolución Francesa. La inspiración remontó fronteras para sedimentar otra santísima trinidad, la de la emancipación humana: libertad, igualdad, y fraternidad. Los padres fundadores en el archipiélago antillano, no se circunscribieron únicamente a luchar a muerte por tener una Patria. También la pensaron en república, para conquistar toda la justicia.

El contrato Social
El contrato Social

El Contrato Social, de Jean-Jacques Rousseau, pareció encender las luces de un siglo, para subvertir la bruma de cualquier tiempo. Y en la inacabable siembra de pensamiento, obraron sin falta las palabras de Voltaire, de Diderot, de Montesquieu. Y el pabellón francés extendió sus colores como ejemplo, para que otras manos tejieran el estandarte de los tantos dispuestos a morir en Cuba.

La Bayamesa
La Bayamesa

Y nació La Bayamesa, de Perucho Figueredo, que de alguna manera remeda el himno que extiende horas y distancias de Marsella. Uno y otro oficiaron la utilidad para la epopeya, y constituyen todavía hoy la música que conmueve a millones, que cultiva identidades, que certifica el orgullo de ser de pueblos enteros.

Y el gorro frigio devino código de libertad lograda, como el parto de prodigio tras el dolor. La Libertad guiando al pueblo, de Eugene Delacroix, transpuso el signo en la confección del escudo de Cuba, donde la historia se cubre de encinas y laureles, se expone la condición de llave del Golfo a la tierra de lo real maravilloso, las franjas de la bandera, y la palma real que el Apóstol definió como la novia que espera.

Pesa mucho la guillotina en el juicio historiográfico sobre la Revolución Francesa, la dramática página de Saturno que devora a sus propios hijos. Pero grande fue aquel legado para nuestros próceres y para hoy, en relación con los derechos del hombre y del ciudadano, el papel de la mujer, la separación de poderes del Estado y la soberanía popular.

Aquella epopeya que los parisienses iniciaron el 14 de julio de 1789 en La Bastilla, llegaría al escenario caribeño donde el destino dibujó tantas fronteras imperiales, para vibrar en la manigua en el proyecto de república democrática social del comunero Charles Philibert  Peissot , y tener un lugar indispensable en El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier.

Y en la oralitura del monte, aún se escucha la anécdota de Flor Crombet y los suyos, descendientes casi todos de franceses en Cambute, donde secundaron el estallido del ingenio Demajagua con la bandera tricolor insurgente en París. Y se cursaron órdenes, y se trazaron estrategias en la amada lengua de Víctor Hugo, para certificar en hechos la novela que apuesta a la virtud y al compromiso con los desposeídos. Y en ese mismo idioma, se reiteró el aserto de que el revolucionario únicamente descansa en la tumba, como alguna vez dijo Louis de Saint-Just.

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