La patria crece desde las cuadras

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Los Comités de Defensa de la Revolución, se inscriben en el canon clásico de la emancipación humana. En la Francia convulsa de fines del siglo XVIII, apareció la figura del Comité de Salvación Pública. Pero los CDR en estos confines de lo real maravilloso en el Caribe, surgieron en la urgencia de preservar a un proyecto inédito que nunca devoró a sus hijos como Saturno.

El tiempo transcurrido desde aquel 28 de septiembre de 1960, confirma la utilidad de los CDR. Desde Fidel, la Revolución se convirtió en un proceso inacabable, que no se circunscribe únicamente a la rebelión y a las primeras medidas. La organización se corresponde con esa dinámica perpetua de lucha y de trabajo.

La patria, se sabe, comienza y termina en los confines del barrio. La identidad de millones se origina en lo profundo de la nación, en las costumbres acendradas a lo largo de siglos.

El grito de independencia, por ejemplo, se verificó en un ingenio, como confirmando el papel fundador del azúcar y de todos sus actantes en ese parto prodigioso. Allí, junto al Padre, concurrió la esperanzada gama de la cubanidad.

Los CDR recrearon ese legado, donde la rebeldía es parte inevitable de nuestra condición de pueblo. Desde el palenque y el campamento mambí hasta ahora, aprendimos a desafiar juntos los peligros, sin que faltara la oralitura popular: el patakí, la leyenda, los tambores de fundamento, las guitarras, la décima que recuerda el sacrificio de nuestros pacíficos antecesores, que prefirieron el exterminio antes que someterse.

No en todas partes del mundo acontece esa prioridad tan cubana de compartir el trago de café con el vecino, de apoyarlo en el dolor, de celebrar juntos cualquier conquista cotidiana por muy pequeña que sea.

En la caldosa cederista concurre el aporte de unas manos que aprendieron a conjugar acciones en tiempo de solidaridad. Y desde hace ya mucho tiempo, se convirtió en suceso cantable y bailable en el código sonero que la historia cultivó en los campos de Cuba libre.

Se dice que la organización nació para ser eterna. Por lo pronto, vive en la nueva canción, donde el sujeto lírico sostiene que el enemigo perdió su consuelo, que la obra se construye de cara a cara con el porvenir, y que la Patria crece desde las cuadras.

La fiesta innombrable de la que habló Lezama, permanece en esa empresa colectiva que está en todas partes, tanto en la ciudad como en el monte y en el mar.

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