La destitución del Generalísimo Máximo Gómez

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Desde que la Roma Americana puso un pie en Cuba, no se cansó de sembrar la cizaña. La destitución de Máximo Gómez Báez del cargo de General en Jefe del Ejército Libertador el 12 de marzo de 1899, coronó la trama oportunista. Conocedor de las diferencias en el campo insurrecto, Estados Unidos puso gran empeño en cultivarlas, en hacerlas insalvables.

 Se cuidó mucho el vecino poderoso de no reconocer institución alguna de los independentistas. El Ejército Libertador era la conocida “piedrecita en el zapato”. Un grave obstáculo. El imperio obró en complicarle su existencia, en humillarlo. ¿Cómo mantener a aquella tropa desesperada, sin recursos ni nada, urgida por la casa de una precariedad mayor? El interventor impuso sus reglas. El patriotismo no podría seguir sobre las armas. El dilema pasaba entonces en cómo hacerlo.

 En el drama clásico griego aparece la alternativa trágica. Estados Unidos la ensayó exitosamente. En la lógica sed de reconocimiento, la Asamblea de Representantes, radicada ya en El Cerro, apostaba por el préstamo de un banco de Nueva York con garrotero y todo, con lo cual la República se endeudaría antes de nacer. La orca depredadora no mordió el anzuelo. El presidente William McKinley propuso, en cambio, un donativo de cinco millones de dólares para desmovilizar a aquella gente harapienta y descalza, que había asombrado al mundo con sus hazañas.

El Generalísimo comprendió desde el principio el gravamen terrible de aquel fondo buitre que gestionaban los asambleístas. Y optó por la otra fórmula, inscrita en el plan yanqui. “Divide et impera”, como en los tiempos antiguos de las conquistas legionarias. Aún resuena el rugido de José Lacret Morlot: “Si hoy se necesita quien fusile al general Gómez, aquí está un general”. Hasta suprimieron el cargo de General en Jefe “por considerarlo innecesario y perjudicial”. Tal era el temor ante la gloria viva del prócer dominicano-cubano.

 Gómez había entrado en La Habana el 24 de febrero de 1899. Su luz era el alba de un tiempo nuevo. La ciudad vibraba a su paso, en el grito repetido de “¡Viva Cuba libre!” Nadie podía desentenderse de tanta leyenda a su alcance. La Asamblea no logró, claro que no le era posible, enfrentar semejante encanto de heroísmo de un asceta convencido de su destino.

 A menudo se habla de la respuesta de Gómez. La califican de manifiesto a la nación. A mí se me ocurre un poema, donde el sujeto lírico describe un lugar impreciso, pero digno, donde plantar una tienda fraternal. Allí, cualquier compatriota, podría encontrar sin falta a un amigo. Cascarrabias, pero generoso y grande, aclara que nada se le debe por aquel sacrificio suyo frente a la muerte durante 30 años de batallas y heridas en el alma.

  Al imponerle de la decisión de las emigraciones de nombrarlo jefe militar de la guerra en ciernes, José Martí le había escrito: “No puedo ofrecerle otra cosa general que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”. La profecía del Apóstol se cumplió. En esta hora particularmente dura, nexo misterioso de la historia, otra vez carga el Norte revuelto y brutal contra la unidad de los cubanos. Aquella decisión contra Gómez del 12 de marzo de 1899 no deja de advertir. La identidad de millones, que no se olvide, tiene sus raíces en la costumbre del abrazo.

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