José de la Luz y Caballero: ese sol del mundo

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Eran tiempos de diligencia, pero la noticia de la muerte de José de la Luz y Caballero aquel 22 de junio de 1862 pareció estremecer tantos lugares del archipiélago lejanos entre sí. Cerraron las escuelas en señal de luto, y hasta el Capitán General Francisco Serrano y Domínguez, famoso defensor del tráfico de esclavos, no tuvo más remedio que reconocer al destacado director del Colegio San Salvador, aun cuando la prédica y los actos de Luz le eran exactamente contrarios.

En Luz y Caballero concurrieron sin falta las ideas de su tío José Agustín Caballero y del presbítero Félix Varela, sus maestros más notables. Instrucción, moralidad y vibración fraterna le llegaron de la familia. (El tío José Agustín, por ejemplo, se hacía llamar El amigo de los esclavos, El amigo de los encarcelados.) De Varela tendría aquel ánimo renovador contra los métodos escolásticos de enseñanza.

José de la Luz y Caballero resultó ser la cristalización de aquella escuela total, que pone a un pensamiento ya cubano en los niveles más altos de la época, a partir de uno de los calados más profundos que se conozcan. Con la misma fuerza que le amó lo más avanzado y revolucionario de su tiempo, debieron de descalificarlo esos otros anquilosados en lo más pedestre y reaccionario de un clero al servicio del despotismo y de la esclavitud.

En cada clase, en cada aparición en el púlpito académico, Luz traía la palabra y el nombre de Varela, aunque sabía cuánto se arriesgaba. Del presbítero-maestro tendría la vocación de que cada ser humano signifique al mundo por sí mismo, libre de inducciones dogmáticas. Es la idea de pensar primero, como sugería Varela. Para que Cuba sea libre (decía) soy yo maestro de escuela. El aserto lo conecta con el apostolado posterior (acaso como un San Juan Bautista), y hasta perfila para ahora una responsabilidad en un momento difícil del magisterio cubano.

Esa personalidad portentosa del magisterio cubano, aparece incluso como asidero de ideas en el debate contemporáneo. En su compendio de ensayos Cuba, ¿fin de la historia?, el historiador Ernesto Limia Díaz recurre a Luz en la excelente respuesta al politólogo nipo-norteamericano Francis Fukuyama. Está en aquella idea capital: Tengamos al magisterio y Cuba será nuestra.

Se definió a sí mismo Amigo de la Verdad, Amigo de la Juventud, sencillamente El Justiciero. Conserva absoluta vigencia el concepto de que instruir puede cualquiera; educar sólo quien sea un evangelio vivo. José de la Luz y Caballero murió hace 158 años, pero permanece hecho cimiento de la gloria patria, como escribió Martí, irremediablemente vivo en el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral.

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