El rey de los campos de Cuba

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A la vera de los caminos, tenía la anécdota un hogar. En alguna presentación, el pianista Antonio María Romeu habría recibido de mano en mano una misteriosa nota: “Interprete el danzón Manuel García. Muchas gracias. Atentamente, Manuel”. Y allí, disfrazado y sin acólito alguno, estaba el famoso Rey de los Campos de Cuba.

Poco importa al registro humano de la leyenda, que la célebre pieza se compusiera ya andado el siglo XX, tal vez unos 17 años después de la muerte de aquel hombre de correrías increíbles, bandolero para algunos, pero con un creciente acento patriótico, cuyo tránsito definitivo a la tarea grande de conquistar una patria quedó trunco en el crepúsculo amargo del 24 de febrero de 1895.

Manuel García Ponce nació en Alacranes, en Matanzas. Así que el dato sobre el cadáver hallado en Seborucal de Ceiba Mocha, de un individuo de algo más de 40 años, se correspondía perfectamente con él.

Era hijo de inmigrantes canarios, y como dato curioso, se sabe que con unos 20 años, residió con su familia en Quivicán, en la actual provincia de Mayabeque.

Sea por un incipiente independentismo como unos creen, o por sed de aventura como otros piensan, el joven aparece entre los expedicionarios de un balandro que desde Cayo Hueso envió a Cuba el prócer Francisco Vicente Aguilera en 1876.

En la saga inmediatamente posterior, no se precisan hechos relevantes, solamente la golpiza propinada a un alcalde que por lo visto irrespetó a su esposa.

A raíz del incidente, sufrió prisión. Al recuperar la libertad, hirió gravemente con un machete a su padrastro, quien abusaba de su madre. Para rehuir la cárcel, buscó refugio en el monte.

Algo parecido le ocurrirá muchos años después a Doroteo Arango, el Pancho Villa de la Revolución Mexicana. Y en la maraña de las sabanas del occidente cubano, encontrará el apoyo de gente fuera de la ley, con quienes inició sus andanzas.

Manuel García y los independentistas

Así y todo, Manuel García Ponce –según se afirma—volvió a Cayo Hueso, a trabajar temporalmente en una tabaquería. Allí trabó nuevamente relaciones con los independentistas cubanos. Regresó en 1887 por Puerto Escondido, en el nordeste de la entonces Habana, para cultivar la saga insumisa que lo mantuvo imbatible durante ocho intensos años.

A menudo se retrotrae la conocida página del rechazo de José Martí, de los ocho mil pesos que Manuel García Ponce le envió como aporte al proyecto emancipador del Partido Revolucionario Cubano.

Al Apóstol no le agradaba el método del secuestro y extorsión para obtener fondos, pero creía ciertamente en la transformación ética de un personaje evidentemente carismático, y de probada popularidad entre los suyos.

De paso apunto que entre los revolucionarios de otras tierras, fue luego punto en la agenda de la acción la polémica de si era legítimo o no asaltar bancos para sufragar la tarea de la libertad.

En el epicentro de ese debate estará Stalin varios años más tarde. En la hora de la preparación de la Guerra Necesaria, como en otros casos, en otras circunstancias, José Martí se encontrará ante Manuel García Ponce, obsesionado con las conversiones, como lo describió Enrique Collazo.

Aquel 24 de febrero de 1895

Para muchos entonces, como ahora tantos historiadores, de haber prosperado el levantamiento del 24 de febrero de 1895 en el occidente del archipiélago, la historia de Cuba sería muy distinta.

En estos confines del poniente, ocupaba un sitio de singular importancia el invicto Manuel. Y en aquella cita con la hora suprema, cumplió la palabra empeñada y cargó con los suyos y con otros más que se le unieron.

La bruma de la sospecha de la traición no ha podido ser disipada. En un impresionante cruce de fuentes, el historiador cubano Manuel de Paz Sánchez prueba el doble juego del general Julio Sanguily como agente de la Capitanía General española en Cuba, y como “padrino” o protector de los bandoleros insurrectos. Pero hasta donde pudo llegar, no halló traza alguna que lo involucre directamente en la muerte del jefe de aquella partida rebelde.

Como siempre, en la tarde-noche del 24 de febrero de 1895 marchaba a la vanguardia de la tropa. Dos enviados de Pedro Betancourt, Fidel Fundora y Alfredo Ponce Martorell le piden adelantarse un poco para intercambiar alguna información exclusivamente con él.

Y se escuchan los disparos. En zafarrancho de combate, los alzados llegan al sitio donde yace Manuel herido de muerte. Sus dos acompañantes en la avanzada no aparecieron, aunque después hablarán de un choque con la Guardia Civil española.

Esa versión coincidirá también con el parte de las autoridades hispanas correspondientes. Nadie tampoco reclamó ni cobró la pródiga recompensa por la captura o muerte del hombre largamente perseguido.

Y aunque su cuerpo fue reconocido, enterrado, exhumado para la confirmación, inhumado nuevamente, la oralidad lo fija vital y sin edad en todas partes.

Nadie se tomó el trabajo de precisar el escenario del concierto del Mago de las Teclas donde habría concurrido en soledad valerosa al encuentro con la música, ni de ajustarle el reloj con la memoria de millones. Por encima de juicios y de clasificaciones, sigue siendo el Rey de los Campos de Cuba, héroe en la épica sagrada de su tierra.

 

 

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